UNAM
15 de noviembre de 2018
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De letras

No. 240 Espantarse lo feo

Estoy a punto de creer que esa expresión fue de cuño familiar, pues no encuentro en ningún diccionario de mexicanismos (ni googlesco) el significado que le conocí desde niña: espantarse lo feo es hacer todavía más grotesco y deplorable lo que de por sí era horrendo. Por ejemplo, que el tenor ultraobeso de fama para representar al Radamés de la famosa ópera de Verdi se ponga una túnica que parezca tienda de campaña. Entonces decíamos: se espantó lo feo, es decir, queriendo disimular algo penoso lo acentuó a grados ridículos.

Yo fui aspirante a feminista: alguna vez traté de encontrarle una explicación científica natural al fenómeno de la opresión femenina en todas las culturas. Tuve un grave altercado con las feministas (esas sí auténticas) de las ciencias sociales, con el debate de lo innato versus lo adquirido de por medio. Publiqué un libro (La ciencia y el sexo) y me retiré de esa arena.

Por otro lado, he sido capaz de leer la Biblia como obra históricoliteraria. Y lo que cuenta de José y la esposa de un soldado del faraón es fascinante por actual. A ella le gusta el guapo esclavo y se lo hace saber, pero él tiene principios y se niega a ser cómplice de su concupiscencia. Ella, despechada, invierte los papeles y lo acusa de violador, así que José va a dar a la cárcel. Esta situación me ha resonado recientemente tras la publicación de una carta gremial donde se pide a los profesores de la UNAM que se cuiden de las jóvenes que intentan pasar una materia mediante el infame expediente de acusar al maestro de acoso. Y la postura por un lado victimizada de las mujeres, y por otro gananciosa de las modas, nos han llevado a un callejón que pronto no tendrá salida: todo hombre es acosador en potencia, yo soy una pobre víctima por ser mujer, luego solo mi voz es válida. Hollywood se siente orgullosa. Vemos ahora casos de denuncias que no exhiben evidencias, que no prueban nada, que orillan al acusado al desastre, pero que son muy bien vistas por ciertos sectores que se pretenden progresistas basados en una falacia tan estúpida como injusta. Lo que en algún momento dijo sor Juana, hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, podemos invertirlo y sigue siendo cierto pero injusto si se aplica universalmente. El equilibrio se nos escapa como sociedad. El absurdo ocupa su lugar.

Hay un movimiento que quiere cambiar el español mediante el uso de la e para no darle el lugar por default al género masculino. He recibido cartas oficiales encabezadas con “Estimade”. Ya no podemos decir o escribir que el hombre domesticó al puerco; tenemos que poner la humanidad (nunca los humanos, horrible género masculino). Aceptamos como broma la arroba (amig@s), pero decir las ciudadanas y los ciudadanos es ya una broma pesada. O como decían las primeras feministas académicas: ¿por qué el mar, en masculino? Ay, porque son la mar de ignorantes, les contestó un poeta (¡jamás una poetisa!). Y ahora una línea “académica” quiere abogar por que se diga dinosaurios y dinosaurias, no vayan a pensar los escolapios que eran todos machitos.

Y por si fuera poco, llegó el uso del término personas para no comprometerse y cometer un error de leso género. Dice un edicto universitario que se va a seleccionar al responsable de una cierta dependencia. Pero ya está pasado de moda poner “la responsable”, como en la escritura políticamente correcta anglosajona. Ahora se pone “se elegirá a la persona titular”. ¡Qué ganancia feminista, oh, Diosa!

El feminismo tonto y espantarse lo feo no tienen medida. Los ejemplos son grotescos, anecdóticos, material para chistes. El lado oscuro y violento de todo esto es la persecución masculina. ¡Cuidado con les dinosauries!

 

Ana María Sánchez

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