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30 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 101 La confiabilidad de la ciencia

A veces parecería que la ciencia aspira a ser la única verdad posible. Que ninguna otra forma de conocimiento es válida. Que quien crea en algo que no pueda comprobarse científicamente es un tonto.

Hay quienes afirman esto en un momento de arrebato; otros lo creen sinceramente. En todo caso, quizá lo hacen impresionados por el tremendo poder de la ciencia para producir conocimiento que, cuando se aplica, funciona. Es decir, por su utilidad práctica.

Hay principios científicos que nos indican cómo hacer aviones que vuelen, cómo obtener antibióticos que maten a las bacterias que nos enferman, o cómo construir teléfonos que no necesitan alambres y puedan llevarse cómodamente en la bolsa. Siguiendo estos principios conseguimos aviones, antibióticos y teléfonos celulares que funcionan.

Pero de ello no puede deducirse que los principios científicos sean indiscutiblemente ciertos: podría tratarse de coincidencias erróneas pero afortunadas. Sólo que muy probablemente lo sean. De ahí parte la confianza que tenemos en el conocimiento científico.

Pero si algo nos ha mostrado la historia de la ciencia es que los principios científicos cambian con el tiempo: las teorías útiles son tarde o temprano sustituidas por otras mejores… o al menos más convincentes. El filósofo Karl Popper describió este proceso de avance del conocimiento científico como una serie de “conjeturas y refutaciones”: los científicos plantean hipótesis para tratar de explicar un fenómeno, y luego esas hipótesis son sometidas una y otra vez a la prueba de enfrentarse a los hechos. Si fracasan quedan refutadas, y son sustituidas por otras hipótesis que a su vez lucharán por “sobrevivir”, con lo que el ciclo se repite.

Es este ciclo continuo de prueba y error el que le da su magnífico poder a la ciencia. Su producto son explicaciones útiles. Tal vez no “verdaderas”, “reales” ni “ciertas” en el sentido estricto, pero sí confiables, aplicables; que sobreviven porque funcionan y, en muchos casos, permiten hacer predicciones.

Pero de ahí a pensar que otras formas de conocimiento, como la revelación, la fe, la tradición y tantas otras puedan ser descalificadas sin más hay mucho trecho. Pensar así sería caer en un cientificismo intolerante.

Lo único que se puede afirmar es que, en cuanto a fenómenos naturales se refiere, la fuente de conocimiento más confiable con que contamos es la ciencia. Y que, en todo caso, quien pretenda demostrar la existencia de fenómenos sobrenaturales, tendría que proporcionar pruebas muy convincentes. A falta de ellas, lo mejor es preferir las explicaciones que nos proporciona la ciencia.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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