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22 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 105 Ciencia y guerra

La ciencia es una fuerza social muy poderosa. Ha traído incontables beneficios para el ser humano, en áreas que van de la salud a las comunicaciones, y de la producción de más y mejores alimentos al cuidado del medio ambiente. Y, por supuesto, nos ha dado una cada vez mejor y más profunda comprensión del mundo en que vivimos.

Pero el poder de la ciencia también puede usarse para destruir. Las aplicaciones bélicas de la ciencia y la técnica son la peor muestra de ello, pues a diferencia de los perjuicios que accidentalmente puede provocar el conocimiento científico cuando se aplica en forma irresponsable, en la guerra se busca causar daño de manera deliberada.

La historia de la tecnología bélica se remonta al origen de la civilización: piedras talladas, lanzas, arcos y flechas en un principio; armas metálicas en la edad del bronce, y más tarde armas de fuego, hasta llegar a los modernísimos armamentos actuales que incluyen tanques, ametralladoras, aviones y misiles de alta tecnología. Para todo ello se requiere de la participación de expertos con una gran preparación científica y técnica.

Pero, además de las armas convencionales, hoy contamos, desgraciadamente, con muchas otras tecnologías para matar que son producto del trabajo dedicado de científicos e ingenieros: las aterradoras armas nucleares, posibles gracias al conocimiento de la estructura íntima del átomo. Las obscenas armas químicas, como el gas mostaza, que quema los pulmones de quien lo respira; el agente naranja, que acaba con la vegetación y produce mutaciones y cáncer, o el monstruoso napalm, con su capacidad de quemar la piel y penetrar en ella, para hacer imposible su eliminación. Y las temibles armas biológicas, principalmente bacterias y virus que pueden causar epidemias entre las poblaciones enemigas.

¿Pueden los expertos que trabajan en un proyecto para producir armas apelar a la famosa “neutralidad” del conocimiento científico? ¿Debe culparse a la ciencia de la existencia de tan terribles inventos, o se debe responsabilizar más bien a los individuos que eligen aplicar su conocimiento para desarrollarlos?

Sin duda el problema ético es grave, pero hay que recordar que forma parte de un problema mayor: la necesidad que tienen las sociedades de todos los tiempos de hacer la guerra. Una gran parte de la investigación científica y técnica que se realiza en los países desarrollados es financiada por el aparato militar. Mientras esto sea así, será difícil evitar que la ciencia sea juzgada culpable de mucho del sufrimiento que hay en nuestro planeta.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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