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23 de mayo de 2017
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Ojo de mosca

No. 112 Economía y darwinismo

Aunque las ciencias naturales y las sociales son muy distintas, entre ambas hay muchísimas relaciones.

La economía, por ejemplo, ha empleado ideas provenientes de las matemáticas y la física para crear las técnicas de análisis, modelos y simulaciones que le permiten entender y —quizá— predecir el comportamiento de los mercados.

Pero también la biología —en especial la evolutiva— tiene relación con la ciencia económica. Para empezar, porque la genial idea de Charles Darwin (que la evolución obedece a un proceso de competencia y selección natural a partir de la diversidad de especies existentes, al enfrentarse a los retos que impone el ambiente) partió de las observaciones de un economista (y demógrafo), Thomas Robert Malthus, quien señaló que si los recursos son limitados habrá una lucha por ellos. Esta idea inspiró en Darwin el concepto de selección natural.

Y para seguir, porque la economía misma es un sistema darwiniano: en él hay variabilidad, competencia y selección, o “supervivencia del más apto”. La aparición de empresas enormemente exitosas que “devoran” a otras menos eficientes (como las cadenas de mini-tiendas de autoservicio que sustituyen a las amables “tienditas de la esquina”) es un ejemplo de cómo las fuerzas darwinianas del mercado, dejadas en completa libertad, pueden llevar a la aparición de monopolios que dejan mucho dinero a sus dueños, pero perjudican a sus competidores (llevándolos hasta la extinción), así como al consumidor.

Los desastrosos efectos de los monopolios, en economía, son comparables a lo que ocurre en un ecosistema cuando se introducen en él especies extrañas que no tienen competidores, y que pueden por tanto acabar con las especies locales. (No en balde los términos economía y ecología comparten la misma raíz griega: oikos, casa).

Los sistemas darwinianos, dejados a sus propias reglas, no siempre llevan a situaciones deseables desde un punto de vista humano. A veces puede ser conveniente interferir con la naturaleza, para alterar un resultado que nos resulte inaceptable. Es lo que hacemos, por ejemplo, cuando inventamos tratamientos para ayudar a quienes padecen enfermedades hereditarias, o cirugías para corregir los defectos congénitos. Estamos yendo en contra de la selección natural, pero al hacerlo actuamos en forma humanitaria. Lo humano no tiene por qué obedecer las fuerzas evolutivas.

Quizá convendría pensar en esto cuando escuchamos a ciertos economistas, demasiado radicales, que defienden a capa y espada la total libertad de los mercados.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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