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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 116 Los edificios de la ciencia

¿Se puede construir un edificio de 200 pisos? ¿O uno que tenga forma de hélice, o que se mueva con el viento, o que gire?

La respuesta más sencilla es decir que no. Fin de la historia.

Pero esa respuesta no tiene chiste; no es creativa. ¿Qué tal si en efecto se puede? Los científicos juegan un juego parecido a éste. Juegan a construir historias coherentes que expliquen algo. No necesariamente tienen que ser reales (de hecho, a veces no se puede probar si son reales), pero sí deben proporcionar una explicación completa, coherente, sin grandes huecos.

Un ejemplo es la explicación del origen de la vida.Podría decirse que fue creada por un dios, pero eso no explica nada. También puede decirse que la vida no tuvo un origen, que ha existido desde siempre, pero esa tampoco es una explicación útil: niega el problema, no lo resuelve.

Podría decirse, asimismo, que la vida no surgió en la Tierra, sino que vino de otro planeta, desde donde llegó aquí, quizá enviada por seres inteligentes (de hecho, esta teoría existe: se llama “panespermia dirigida”). Nuevamente, el problema persiste: ¿cómo surgió la vida en ese otro planeta?

O bien, puede decirse que la vida surgió en la Tierra a partir de un proceso de evolución química. Claro, lo mismo podría haber sucedido (tendría que haber sucedido, según algunos especialistas) en otros planetas.

Lo importante es que, con este último enfoque, el problema se replantea: lo importante ya no es dónde surgió la vida, ni cuándo, sino cómo. Si logramos contar con una descripción natural, coherente y más o menos completa del proceso que puede llevar de la materia inanimada, tan común en el cosmos, a seres vivos que pueden evolucionar y hasta adquirir conciencia, el hecho de que tal relato no pueda comprobarse pierde importancia. En vez de cerrar el caso, se han abierto nuevas vías de investigación, que permiten avanzar y descubrir nuevos datos, nuevo conocimiento, nuevas posibilidades.

Las historias que construyen los científicos −sobre todo las grandes historias− son como esos edificios que alguna vez alguien imagina y que pueden nunca llegar a ser construidos, si se presta oídos a quienes niegan que puedan construirse. Pero cuando el científico audaz logra construir uno de esos edificios-relatos, la satisfacción que obtiene es la misma que la de un arquitecto que ve, por fin, terminada la obra que una vez fue sólo un sueño en el que nadie creía.

Con una diferencia: los edificios de los científicos nunca llegan a estar terminados.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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