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25 de julio de 2014
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Ojo de mosca

No. 120 Ética científica

¿Qué es bueno y qué es malo en ciencia?

Hay quien piensa que los juicios de valor de este tipo no tienen lugar en una disciplina cuyo único objetivo es producir conocimiento acerca de la naturaleza, de la manera más rigurosa y objetiva posible. La ciencia se basa en evidencia, razonamiento lógico y verificación de hipótesis. Y las hipótesis pueden ser correctas o erróneas, pero no buenas ni malas.

Y sin embargo, la ética tiene un lugar indispensable en ciencia.

La ética científica se divide en dos grandes áreas: la interna y la externa. La interna es la ética necesaria para el funcionamiento mismo de la ciencia. Consta de reglas no escritas, pero bien reconocidas y aceptadas por la comunidad científica, que ningún científico puede violar sin arriesgarse a perder el derecho a ser considerado parte de dicha comunidad.

Una de ellas es la que prohíbe cometer fraudes. Cuando un científico reporta una observación o un dato obtenido en un experimento, se da por supuesto que no miente. La ciencia es una labor comunitaria, de equipo, y no sería posible si no se confiara en la palabra de los colegas. Pero si alguien llega a mentir, existen mecanismos de control, como las detalladas bitácoras o cuadernos de laboratorio en que los investigadores científicos registran todos sus datos y procedimientos, y que pueden ser consultadas para verificar la validez de los mismos.

La ética interna de la ciencia también incluye reglas relacionadas con el crédito de los descubrimientos, como la que prohíbe apropiarse del trabajo de los colegas, o la que obliga a reconocer las aportaciones de otros en una investigación.

Por su parte, la ética externa de la ciencia es la que se relaciona con los efectos de ésta en la sociedad o el ambiente. Incluye reglas como la que impide experimentar con humanos, o la que exige reducir al mínimo el sufrimiento de los animales de laboratorio o los daños que se causen a un ecosistema al estudiarlo.

Todo científico acepta valores como la prohibición de matar seres humanos, o el de evitar causar daños o destrucción a personas, seres vivos o al ambiente. No todos cumplen estas reglas, claro: la gran cantidad de científicos y tecnólogos que trabajan en todo el mundo desarrollando armas lo prueba. A pesar de su importancia, la ética científica no es inviolable.

Y es que, a fin de cuentas, la ciencia es sólo una actividad humana más, con todos los defectos y virtudes que esto conlleva.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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