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25 de marzo de 2017
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Ojo de mosca

No. 125 Las borracheras y el alma

La ciencia no puede responder preguntas acerca del llamado “mundo espiritual”. Por definición, su campo de autoridad se restringe a lo natural: el mundo físico. No porque haya alguna ley que impida estudiar científicamente lo sobrenatural (si es que existe), sino porque los métodos de la ciencia sólo sirven para estudiar lo material.

Y sin embargo, por medio del pensamiento racional y con observaciones cuidadosas —es decir, mediante el método científico— puede obtenerse información interesante respecto a temas relativos a lo espiritual.

La creencia en el alma, por ejemplo, da origen a la postura filosófica conocida como dualismo: el cuerpo es la parte material de un ser humano, pero es el alma inmaterial lo que le da vida y raciocinio. El cuerpo es sólo un receptáculo para el alma, que es la verdadera “esencia” del ser humano (y que, además de inmaterial, es inmortal; de ahí la promesa de vida eterna que hacen las religiones).

Suena bien, si no fuera por las borracheras.
¿Qué ocurre cuando se nos pasan las copas? Además de afectar al cuerpo, disminuyendo la coordinación motora (y, en exceso, causando la muerte al paralizar los centros de la respiración), una borrachera tiene efectos evidentes en las “potencias del alma” (que, según San Juan de la Cruz son tres: voluntad, memoria y entendimiento).

Un borracho se vuelve irresponsable, olvidadizo y tonto. La pregunta es, ¿cómo puede una sustancia química, y por tanto material, como el alcohol, afectar a una entidad inmaterial como el alma? Una simple borrachera sirve como experimento (no se recomienda comprobarlo personalmente) que permite dudar de que el alma sea una buena explicación de cómo funcionan la mente y la conciencia humanas.

Las alteraciones que sufren las personas con daño cerebral, que pueden ir de lo simple a lo dramático—y que tan magistralmente describe el neurólogo Oliver Sacks en su libro El hombre que confundió a su mujer con un sombrero—funcionan también como prueba de que es mucho más probable que lo que llamamos “alma” sea más bien producto del funcionamiento de los miles de millones de neuronas que conforman el cerebro humano.

Pero quizá la prueba más impactante contra el dualismo sea la enfermedad de Alzheimer, que al destruir el tejido cerebral (por acumulación anormal de placas formadas por una proteína llamada beta-amiloide) causa pérdida de memoria y deterioro de las facultades mentales y de la conducta, para llegar, en su forma extrema, a la total disolución de la personalidad.

Es terrible decirlo, pero la enfermedad de Alzheimer destruye el alma. Tal cosa no sucedería si ésta pudiera existir sin una base material.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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