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18 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 126 Libertad científica

¿Qué tan libre debe ser la ciencia? A primera vista parecería que la actividad de investigación científica debería gozar de una libertad total, pues busca aumentar nuestro conocimiento acerca de la naturaleza, un objetivo noble desde cualquier punto de vista.

Pero la ciencia también tiene sus riesgos: el conocimiento que produce suele traducirse en poder, y éste puede ser usado para bien o para mal. Contaminación que devasta ecosistemas, tecnología que quema petróleo y causa calentamiento global, vegetales transgénicos que amenazan con contaminar nuestros cultivos originarios… A veces intencionalmente, y a veces sin quererlo, los científicos pueden liberar genios de la botella que luego resultan muy difíciles de controlar.

La vieja historia del doctor Frankenstein, quien en un alarde de soberbia científica da vida a un monstruo creado con partes de cadáveres que se sale de control y causa una tremenda destrucción, se ha convertido para muchos en la imagen típica del científico. Se trata de una exageración, claro. Basta con poner en una balanza los beneficios que la ciencia nos ha proporcionado, mejorando nuestro nivel de vida en incontables aspectos, frente a los perjuicios que ha causado.

Sin embargo los perjuicios, cuando han ocurrido, han sido graves. Por ello la comunidad científica ha montado un sistema de control, a través de comités, arbitrajes, reglamentos, acuerdos internacionales y otros mecanismos, para garantizar que la investigación científica evite las rutas peligrosas. Pero no basta con eso: es importante que la sociedad toda –gobierno, ciudadanos, organizaciones no gubernamentales– conozca, se responsabilice y controle el uso que se le da al dinero público que se invierte en ciencia.

Pero hay casos más delicados. Los numerosos científicos que en todo el mundo trabajan, normalmente bajo las órdenes de sus gobiernos, desarrollando armas –convencionales, nucleares, químicas o hasta biológicas– están fuera de esos sistemas de control. Queda entonces sólo en manos de sus respectivos gobiernos, o más bien de la comunidad internacional, poner límites a su libertad de realizar investigaciones que, por la naturaleza del conocimiento que producen, pueden resultar excesivamente dañinas.

La política, la economía, la guerra, son temas que, nos guste o no, influyen en la manera como se hace ciencia. Al final, lo que queda claro es que, como toda actividad humana, la ciencia no puede estar desligada del resto de la sociedad. Por el bien de todos, su libertad debe tener límites.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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