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18 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 135 La ciencia imperfecta

Intelectus apretatus, discurrit

Cuando uno es un niño pequeño, ve el mundo en términos de blanco o negro, día o noche, bueno o malo, correcto o equivocado, cierto o falso…

Con el tiempo, se va aprendiendo a ver el mundo en la gama de grises que lo conforman, y se acepta que la realidad es casi siempre más complicada de lo que quisiéramos que fuera. Los extremos casi nunca se presentan: siempre hay que matizar. Todo es, nos guste o no, relativo.

No obstante, la imagen popular de la ciencia suele conservar esta visión infantil: algo “científicamente comprobado” tiene que ser cierto siempre (nos lo dicen hasta en los anuncios de champú), y asusta pensar que las verdades de la ciencia pudieran cambiar, o resultar equivocadas.

Y sin embargo, la historia de la ciencia muestra que en la mayoría de las ocasiones esto es precisamente lo que ha ocurrido. Según parece, tarde o temprano toda teoría científica, por más revolucionaria y útil que haya resultado, por más apoyada en deducciones, observaciones y experimentos que esté, termina siendo desechada para ser sustituida por otra mejor. Y muchas veces no se trata sólo de versiones refinadas o más completas de la teoría anterior, sino de teorías completamente diferentes, e incluso incompatibles en muchos aspectos con las anteriores.

Los filósofos e historiadores de la ciencia, y los propios científicos, no terminan de ponerse de acuerdo en el significado de esto. Pero todos aceptan que es un hecho: la ciencia cambia, en ella toda verdad es necesariamente temporal. O dicho de otra manera: no existen verdades absolutas en ciencia.

¿Quiere decir esto que hay que dejar de creer en la ciencia? ¿Que el conocimiento que ofrece es poco fiable? De ningún modo: la esencia del método científico es precisamente garantizar, por medio de evidencia y razonamiento, que los modelos y teorías a los que se llega, y las predicciones que se derivan de ellas, son confiables: funcionan.

Lo que sí significa es que, lejos de ser algo terminado —o terminante—, la ciencia es siempre un objeto en construcción, perfectible. Se parece en eso a la democracia, que tampoco es un sistema perfecto, pero es suficientemente bueno, y es lo mejor que tenemos. Una cosa es discutir las muy reales imperfecciones de la ciencia y la democracia, y otra muy distinta pretender que, sólo por no ser perfectas, habría que abandonarlas.

Al final, como reza la famosa frase del filósofo español José Ortega y Gasset, “Ciencia es aquello sobre lo cual siempre cabe discusión”.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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