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30 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 139 Política y ciencia

Quien crea en príncipes azules (o princesas encantadas), tarde o temprano resultará decepcionado. Igual ocurre con la imagen ingenua de la ciencia que muchas veces se enseña en la escuela: una actividad que sigue un método infalible para encontrar verdades absolutas.

En realidad, la ciencia no es nada más, ni nada menos, que una actividad humana: imperfecta, pero perfectible. No produce verdades, sino conocimiento confiable; honesto, pero muchas veces temporal. Y, como todo lo humano, la ciencia tiene una fuerte dimensión política.

Además de su propia política interna —acaloradas discusiones no sólo científicas, sino en muchos sentidos políticas, en las que se utiliza la retórica para defender la hipótesis favorita y atacar a las rivales (aunque al final suele ganar quien tiene los mejores argumentos)—, la ciencia a veces ofrece conclusiones que afectan importantes intereses políticos y económicos. En respuesta, llega a recibir ataques o descalificaciones.

Un ejemplo es la actual disputa sobre el calentamiento global. Según el consenso científico, su causa son las continuas emisio- nes de dióxido de carbono, producto del uso excesivo y creciente de combustibles fósiles por las sociedades humanas durante los últimos dos siglos. Aunque la evidencia es abundante, sólida y muy convincente, existen científicos —aproximadamente 3% de los expertos— que no están convencidos. En ciencia siempre hay espacio para la duda razonable.

Sin embargo, hay una cantidad mucho mayor de comunicadores, políticos y empresarios que niegan tajantemente que el calentamiento global sea real, o que sea causado por la actividad humana. Pero se trata de una actitud política, no científica. La gran mayoría de estos "escépticos" están motivados no por datos duros, sino por el altísimo costo económico, en su opinión injustificado, que inevitablemente tendrán las medidas para combatir el cambio climático.

El principio de precaución exige que, ante un riesgo probable, tomemos medidas para prevenir el daño. Lo más racional sería disminuir drásticamente las emisiones de dióxido de carbono, sin importar el costo. De otro modo, la supervivencia humana y el equilibrio ambiental del planeta se ven amenazados. Pero, en defensa de intereses económicos, muchos prefieren hacer política para negar lo que la ciencia advierte. Ello ha provocado incluso que organizaciones científicas e investigadores particulares reciban descalificaciones y hasta amenazas.

El resultado es que la confianza de la sociedad en la ciencia se ve erosionada. Y lo más grave: los gobiernos postergan decisiones que son vitales para el bienestar de todos.

La política es parte de la ciencia. Es importante saber usarla, para que no se convierta en un obstáculo que la paralice.

comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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