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14 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 140 ¿Vida artificial?

Entender la vida siempre ha sido complicado. Es claro que hay cosas que están vivas (plantas, animales) y otras que no lo están (una piedra). ¿En qué consiste la diferencia?

También es claro que algo que está vivo puede dejar de estarlo.
¿Qué pierde un ser vivo al morir? La respuesta más obvia tiene que ver con el aire: cuando un animal muere, deja de respirar. La palabra “alma” viene del latín anima, que a su vez deriva del griego anemos, “soplo”. Por eso en muchas religiones, la divinidad otorga la vida a sus creaciones insuflándoles el “soplo divino”; el alma.

Esta idea se desarrolló para convertirse en el vitalismo: la suposición de que un ser vivo lo está gracias a que tiene algún tipo de “fuerza vital”. Fue la explicación más aceptada sobre la vida durante prácticamente toda la historia de la humanidad.

En el siglo XIX la joven ciencia de la química comenzó a cambiar las cosas. Durante mucho tiempo, las sustancias se clasificaban en dos grandes clases: las orgánicas, que se suponía sólo los seres vivos podían producir, y las inorgánicas, que podían fabricarse sin necesidad de la fuerza vital. Pero en 1828 el químico alemán Friedrich Wöhler logró fabricar en el laboratorio, a partir de compuestos inorgánicos, una sustancia orgánica: la urea, un componente de la orina. A partir de ese momento, la distinción orgánico/inorgánico comenzó a resquebrajarse: quedaba abierta la posibilidad de que cualquier componente de un ser vivo pudiera producirse en el laboratorio. (Hoy el término “química orgánica” se refiere, simplemente, a la química del carbono).

Desde entonces, el aislamiento, purificación y análisis de las moléculas que forman a los seres vivos han permitido conocer cada vez con mayor detalle su composición molecular. Y la tecnología de síntesis química ha avanzado al grado de que hoy hasta los componentes más complejos de una célula, como ácidos nucleicos, proteínas y carbohidratos, pueden fabricarse bajo pedido, automáticamente.

El siguiente paso en la caída del vitalismo sería, por supuesto, producir una célula viva a partir de sus componentes químicos. El reciente anuncio, por el Instituto Craig Venter, en Estados Unidos, de la creación de la primera “célula sintética” es un paso más en este camino. No es que se creara una célula completa, pero sí se logró “reprogramar” una ya existente, al trasplantarle un genoma construido artificialmente (ver “Biología sintetica” en este número).

Un gran avance, sin duda, que refuerza la idea de que la vida es sólo una serie de procesos químicos de enorme complejidad. Pero el sueño de construir una célula viva completa a partir de sus componentes sigue pendiente… aunque quizá ya no por mucho tiempo.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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