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28 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 141 El costo del progreso

Es común la imagen de la ciencia como una búsqueda pura de conocimiento, aislada en una torre de marfil y ajena a influencias perturbadoras como las que prevalecen en el resto de las actividades humanas.

En realidad, como todo lo humano, la ciencia está ligada a esa compleja red de causas, efectos, intereses, luchas, alianzas, enemistades, poder, dinero, política, emociones, historia, tradición, arte, cultura y demás elementos que conforman la sociedad. Y tampoco está, como no pueden estarlo las sociedades humanas, aislada del resto de la biósfera, sobre la que sus productos muchas veces tienen efectos formidables.

Un triste ejemplo es el derrame petrolero que, debido al accidente ocurrido en una plataforma de perforación submarina, ha contaminado durante muchas semanas las aguas del Golfo de México.

¿Cuál es la causa de este desastre? Podría culparse a la compañía petrolera. Pero podría también argumentarse que el problema se origina con la invención de los motores de combustión interna, que revolucionaron la industria a partir de su aparición, a mediados del siglo XIX (y que coincidió, precisamente, con el inicio de la explotación de petróleo como combustible). La investigación científica –sobre todo la termodinámica– y el desarrollo tecnológico dieron como resultado una máquina tan exitosa que su uso exige la continua extracción de petróleo.

También podría decirse que el derrame es consecuencia de la estructura de la economía mundial, controlada en gran medida por el precio del petróleo, y por los intereses de transnacionales petroleras y otras industrias, como la del automóvil, que en vez de promover la investigación y desarrollo de medios alternos de transporte, como los autos eléctricos, han retrasado –e incluso bloqueado– la posibilidad de sustituir las máquinas que queman petróleo por otras más amigables con el ambiente.

Mientras el petróleo siga siendo “oro negro” –mientras lo necesitemos para impulsar nuestras máquinas de combustión interna–, habrá países y compañías dispuestos a extraerlo a cualquier costo, incluso a 1 500 metros bajo el mar… y a correr los riesgos económicos y ecológicos que esto conlleva.

Para solucionar el problema no basta la ciencia: las tecnologías para usar energías alternas ya existen, aunque quizá no estén totalmente listas para aplicarse en gran escala… problema que podría resolverse con más impulso a la investigación en estos campos. Antes habría que poner de acuerdo intereses económicos, políticos, sociales –la resistencia de la población a cambiar sus hábitos de uso de automóvil, por ejemplo– y de muchos otros tipos.

El progreso tiene un costo: la única manera de reducirlo es entender y manejar adecuadamente las complejas relaciones entre ciencia, tecnología, sociedad y naturaleza.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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