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18 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 142 ¿A quién le interesa la ciencia?

Cuando se escuchan los discursos de los políticos, pareciera que la ciencia es una de las prioridades nacionales: se habla de su importancia, de la necesidad de apoyarla porque gracias a ella se resolverán los Grandes Problemas Nacionales, porque con ella el país logrará entrar al Primer Mundo, y porque permitirá acabar con la pobreza y la enfermedad.

Por desgracia, esta impresión se desvanece cuando se analiza el presupuesto destinado al rubro "ciencia y tecnología": en México, menos del 0.4% del Producto Interno Bruto. Las recomendaciones internacionales —y la Ley Federal de Ciencia y Tecnología— indican que dicho gasto no debiera ser menor al uno por ciento… y los países industrializados invierten bastante más. Lo cual explica su alto nivel de vida.

En los países del tercer mundo, la ciencia es importante sólo en el discurso; un adorno para ocasiones especiales, como cuando se entregan los Premios Nacionales de Ciencia.

Y no sólo eso: cuando la ciencia recibe apoyo, el mismo está condicionado a que se enfoque, precisamente, en resolver "los Grandes Problemas Nacionales": pobreza, hambre, enfermedad, inseguridad, desastres naturales… Se habla de hacer ciencia "útil", de privilegiar la "ciencia aplicada" por encima de la "ciencia básica". Y se da por supuesto que países pobres como el nuestro no deberían desperdiciar su exiguo presupuesto en estudiar problemas fundamentales: dejemos la astronomía, la física cuántica, la biología evolutiva, las matemáticas, la química teórica, para las naciones ricas.

Esta visión de la ciencia está gravemente equivocada. En primer lugar, porque la ciencia no produce soluciones más que para un solo tipo de problemas: los problemas científicos. Y dichas soluciones consisten únicamente en conocimiento acerca de la naturaleza.

Ese conocimiento, claro, puede luego aplicarse para resolver otro tipo de problemas. Pero eso no forma parte de la labor científica. Por eso, la distinción entre ciencia "aplicada" y "básica" es en realidad una falacia. Como dijera Pasteur, "no existe la ciencia aplicada, sólo las aplicaciones de la ciencia".

La llamada ciencia "básica" es, precisamente, la que produce nuevo conocimiento. Los países desarrollados lo son gracias a que han apoyado la ciencia —toda la ciencia— de manera decidida y constante. Saben que la investigación teórica de hoy puede dar lugar a las aplicaciones tecnológicas de mañana. Y que de la ciencia "básica" surgen nuevas tecnologías, y de éstas nuevas industrias que pueden hacer que el nivel de vida de un país se eleve.

Limitarse a apoyar la ciencia que aborda problemas prácticos, y exigirle soluciones a corto plazo, es no entender cómo funciona.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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