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26 de junio de 2017
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Ojo de mosca

No. 144 ¡Somos demasiados!

Uno de los beneficios de la ciencia es que nos permite ser conscientes de problemas que de otro modo hubiéramos tardado mucho en descubrir.

El agujero en la capa atmosférica de ozono, causado por los gases llamados clorofluoroalcanos, usados en refrigeradores y latas de aerosol hasta hace unos años, es un ejemplo. Al dejar pasar rayos ultravioleta dañinos, aumentaba el peligro de cáncer cutáneo en el hemisferio sur, entre otros problemas. Hoy está en camino de repararse naturalmente, luego de acuerdos internacionales que eliminaron el uso de los gases causantes.

Pero la humanidad enfrenta muchos otros problemas: pobreza, hambre, epidemias, desastres naturales. Los estudios científicos nos permiten entenderlos, combatirlos y a veces hasta prevenirlos. Y hoy sabemos que también hay problemas que afectan no sólo a nuestra especie, sino a toda la biósfera: cambio climático, contaminación, deforestación, extinción acelerada de especies, alteración y destrucción de ecosistemas… Nuevamente, la ciencia nos proporciona herramientas para estudiar y comprender mejor estos fenómenos, y buscar maneras de ponerles remedio.

Pero a veces la ciencia no basta: el sentido común es también indispensable para hallar soluciones. Y es quizá por falta de sentido común que la humanidad —gobiernos, científicos, medios de comunicación, ciudadanos— ha olvidado algo que se tenía claro hace 30 años: que la causa común detrás de la mayoría de estos problemas es una, la sobrepoblación.

La cantidad de seres humanos que habitamos el planeta comenzó a aumentar mucho más aceleradamente que nunca a partir del siglo pasado. Se rebasó así la disponibilidad de recursos naturales y la resistencia de la biósfera a las alteraciones de origen humano. Pero la solución podría ser simple: frenar el crecimiento de la población mundial.

Hambre, deforestación, contaminación, extinciones y otros problemas podrían disminuir si la población humana se estabilizara y dejara de aumentar. No es gran sacrificio: bastaría que ninguna pareja tuviera más de dos hijos; algo que la tecnología de control natal disponible —junto con una urgente educación sexual— hace perfectamente posible.

Y si se lograra que la población global disminuyera —una meta más compleja—, quizá podríamos mitigar o remediar incluso el cambio climático, pues una menor población quemaría menos combustibles fósiles.

¿Por qué se ha dejado de lado la lucha por el control poblacional? Probablemente por las polémicas que despierta. Desde prejuicios religiosos que se oponen a toda forma de control natal, hasta proyecciones económicas —basadas en el enfoque de que el éxito implica un crecimiento continuo, imparable— que amenazan con que habrá caos financiero si la población disminuye. Aun así, la situación es clara. A veces, los grandes problemas tienen soluciones relativamente sencillas.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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