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17 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 145 Adivinar el futuro

Más allá de horóscopos o sueños de ganar la lotería, predecir el futuro sería una gran ventaja desde el punto de vista biológico.

Cualquier organismo con esta habilidad tendría ventaja en la lucha por la supervivencia. Ahorraría esfuerzo al buscar alimento, pareja y resguardo, y evitaría riesgos e inconvenientes que pudieran amenazar su existencia.

Pero, como sabemos, la profecía no existe. Ante esa realidad, los seres vivos nos tenemos que conformar con la segunda opción: si no podemos predecir el futuro, al menos podemos intentar adivinarlo con la mayor precisión posible.

¿Cómo puede un organismo sin poderes mágicos lograr esto? No hay procedimientos infalibles, pero una herramienta muy útil es el procedimiento de inferencia lógica llamado inducción.

Los filósofos la conocen bien: inducción es alcanzar, a partir de un cierto número de casos particulares, una conclusión general. Si una manzana cae, también una piedra, y también una flecha luego de lanzarla; podemos, por inducción, concluir que todas las cosas caen.

Desde luego –lo señalan muchos filósofos de la ciencia–, la inducción no siempre funciona: basta un globo lleno de helio para refutar la "ley general" de nuestro ejemplo. Técnicamente, se dice que la inducción no se sustenta lógicamente: un número finito de observaciones no comprueba una generalización aplicable a un número infinito de casos.

Pero si no es absoluta, la inducción sí es generalmente bastante buena. A falta de algo mejor, suponer que si algo ocurrió una o dos veces, volverá a ocurrir, con frecuencia –no siempre– suele ser acertado. El cerebro humano es naturalmente inductivo. (De hecho, de ahí parten muchas supersticiones: si un número nos "dio suerte" una vez, lo seguimos usando; si una persona nos traiciona una vez, dejamos de confiar en ella.)

Otras especies también aprovechan las ventajas predictivas de la inducción. Los reflejos condicionados –descubiertos por Iván Pavlov, quien entrenó a perros a salivar al escuchar una campana, sin necesidad de que hubiera comida presente– son un mecanismo fisiológico basado en la inducción. Y tienen un gran valor de supervivencia: aprender, con una sola experiencia, que si un lobo nos atacó debemos huir de todos los lobos, seguramente fue útil para nuestros ancestros. Aun los animales más simples "aprenden" a evitar siempre los factores que les han causado daño una vez.

Quizá hasta la selección natural pueda considerarse un proceso inductivo: conserva lo que funcionó alguna vez, sin garantizar que funcione siempre. A los filósofos podría sorprenderles, pero la inducción –aunque no siempre acierte– no requiere un cerebro consciente. Y tiene un innegable valor evolutivo. Por eso está imbuida en nuestra naturaleza.

comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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