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25 de junio de 2017
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Ojo de mosca

No. 164 Información

Vivimos, se dice a menudo, en la era de la información. Y así es, constantemente nos llega información de todo tipo: por radio y televisión, mediante la prensa, en pláticas con familiares y amigos, por teléfono, lecturas, clases, conferencias… y actualmente, sobre todo, a través de internet. Nunca había sido tan fácil tener acceso a cantidades tan grandes de información gratuita de manera instantánea. Sin duda, el ciudadano actual enfrente una sobrecarga informativa que muchas veces, más que ser útil, provoca angustia.

En un sentido técnico, la información consiste en datos que tienen algún significado. La información puede almacenarse en algún medio o soporte (como las letras en un libro, o los bits en un disco duro o una tarjeta de memoria). También puede transmitirse a través de algún canal de comunicación: hablada, en imágenes, telefónica, telegráfica, digital.

Pero para que la información realmente signifique algo, tiene que ser interpretada por un receptor. Las letras de un libro no son más que manchas de tinta sobre papel, a menos que sean leídas. Es el lector, al leer, quien les da sentido. Y en este proceso interviene no sólo la información contenida en los signos escritos sobre la página, sino el contexto en que el lector los interpreta: su educación, su cultura, la sociedad en que vive, sus experiencias, sus creencias, prejuicios, deseos… Por eso, la comunicación humana no es sólo un proceso de transmisión de información, sino de construcción activa de significados.

Desde un punto de vista biológico, la información es lo que permite a los seres vivos relacionarse con su entorno. Los mamíferos, por ejemplo, recibimos datos acerca del mundo que nos rodea a través de nuestros órganos de los sentidos. Esa información es luego procesada por nuestros cerebros para elaborar representaciones mentales de ese mundo que nos sirven para sobrevivir mejor en él, al conocerlo y poderlo predecir… aunque no de manera infalible. Pero también las plantas y los microorganismos, aunque no tengan sistema nervioso, reciben distintos tipos de información del medio que los rodea, y la usan para aumentar sus probabilidades de supervivencia.

Pero la información no basta. Como afirma el filósofo español Fernando Savater en su libro Las preguntas de la vida, además de estar informados, los seres humanos al interpretar, al darle sentido a los datos, producimos conocimiento (esto es, dice Savater, lo que hace la ciencia). Pero es sólo cuando usamos el conocimiento para decidir cómo vivir mejor que obtenemos sabiduría.

Si buscamos pasar de la sociedad de la información a la del conocimiento, no sería mala idea tratar también de usar a éste para ser cada vez un poco más sabios.

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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