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23 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 166 Exploración espacial: ¿para qué?

Basta mirar al cielo en una noche oscura —imposible en la ciudad— para entender por qué el firmamento ha sido siempre algo fascinante para la humanidad.

El anhelo de viajar a otros mundos ha formado parte de la historia humana, primero como fantasía, luego como reflexión sesuda, y finalmente, durante el siglo pasado, mediante la construcción de cohetes capaces de salir de la atmósfera.

La puesta en órbita del primer satélite artificial en 1957 —el soviético Sputnik 1—, marcó el inicio de la carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Ésta tuvo un ganador cuando la misión Apollo 11 puso a los primeros humanos en la Luna, en 1969.

A pesar de seis misiones lunares, la siguiente meta todavía no se ha logrado: que seres humanos viajen a Marte. Pero en el tiempo transcurrido se han enviado naves a Venus, a explorar el resto del sistema solar, y se han establecido varios laboratorios en la órbita de la Tierra. Se han enviado también cuatro vehículos que han explorado directamente la superficie marciana.

Pero ¿para qué? ¿Qué nos hace querer explorar los planetas cercanos? ¿Cómo se explica el enorme gasto empleado en telescopios, satélites, cohetes, orbitadores y sondas planetarias, cuando existen tantos problemas urgentes en nuestro propio mundo?

Una primera justificación es la simple curiosidad científica, hoy tan fácilmente descalificada. El afán de conocer, de entender la naturaleza, es un impulso primario de nuestra especie y ha permitido que surja la civilización. Para muchos, bastaría con esto para justificar el dinero y esfuerzo invertidos.

Pero además, la exploración espacial proporciona nuevo conocimiento que, de muchas maneras, resulta útil para la humanidad. Este conocimiento inicia una cascada de descubrimientos que, tarde o temprano, produce aplicaciones que nos benefician. La tecnología desarrollada para explorar otros mundos ha tenido ya una derrama tecnológica que ha revolucionado nuestra vida.

Pero hay otra razón para seguir explorando el espacio: la posibilidad de colonizar otros mundos.

A pesar de que la soñada base lunar nunca se construyó — la Luna es bastante inhóspita—, Marte ofrece condiciones que hacen factible el establecimiento de una colonia. En teoría, es posible terraformar el planeta rojo: convertirlo en un ambiente más apto para la vida de nuestra especie.

No hay que olvidar que la población humana sigue creciendo, y que los recursos naturales de la Tierra se agotan. Tarde o temprano— en algunos siglos, a lo más— tendremos que emigrar o dispersarnos.

La exploración de otros mundo resulta, en última instancia, una inversión que algún día podría garantizar la supervivencia de la humanidad. ¿Se necesita más justificación para continuarla?

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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