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26 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 17 ¿Biolencia? (o “La biología de la violencia”)

La violencia es uno de los problemas más graves de toda sociedad humana. Parecería que el ser humano es más “animal” que los mismos animales… aunque la verdad es que simplemente somos tan animales como ellos, sólo que distintos.

A veces se dice que la violencia entre animales es más “justa” que entre humanos, por estar determinada biológicamente. Dejando de lado esta espinosa cuestión, ¿qué nos dice la ciencia respecto a las posibles bases biológicas del comportamiento agresivo en el hombre? Aparte de descubrimientos dudosos acerca de la relación entre hormonas y agresividad —las hormonas masculinas parecen fomentarla—, los resultados siempre han sido polémicos. Algunos de los estudios más interesantes son los que buscan genes relacionados con la violencia.

Hay quienes ponen en duda la validez misma de buscar genes relacionados con comportamientos complejos como violencia, homosexualidad, creatividad o inteligencia. Explicar la conducta humana como resultado de uno o varios genes parece un caso de reduccionismo extremo (y por ello tonto). Sin embargo, es indudable que ciertos genes pueden afectar la forma en cómo se comporta una persona. El problema es que, normalmente, si se busca un gen relacionado con una función, se lo encuentra. Pero esto no quiere decir que dicho gen sea “el gen para” realizar dicha función (un gen requerido para el desarrollo del ojo no es un gen “para” ver, por ejemplo).  Los seres vivos no están hechos de una manera tan sencilla.

Incluso, la búsqueda de genes relacionados con la violencia puede tener efectos negativos que van más allá de la esfera de la investigación científica. Hace un tiempo se comenzaron a explorar las causas de que la población negra de los Estados Unidos sea supuestamente propensa a la violencia. Como es natural, las protestas no se hicieron esperar, pues un estudio así está ya viciado de origen, al ignorar los numerosos factores socioeconómicos y culturales que obviamente influyen en este problema. ¿Y qué quiere decir que un grupo sea “propenso” a la violencia, en primer lugar? ¿No se tratará de un grupo que es más reprimido por el resto de la sociedad? Finalmente, ¿qué pasaría si se descubriera que cierto grupo de población, o las personas que poseen un gen particular, son más propensos a ser violentos? ¿Deberíamos encerrarlos, para prevenir este comportamiento? ¿O tratarlos como “enfermos”?

A veces, la investigación científica nos puede dar información que quizá no estamos seguros de querer conocer. Al menos hasta que estemos capacitados para manejarla en forma inteligente y ética. Después de todo, éstas son dos de las características que nos distinguen del resto de los animales.

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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