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26 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 174 La superioridad de la ciencia

La ciencia es altamente valorada en toda sociedad actual. No sólo es mencionada en discursos de los políticos, pláticas de café, obras literarias, series de televisión y hasta en anuncios ("este champú está comprobado científicamente") como fuente de conocimiento autorizado. También, en el terreno de los hechos, recibe apoyo con dinero público, se enseña en escuelas y universidades, se desarrolla en instituciones de investigación financiadas por el Estado, está incluida en las leyes y forma parte de las instituciones que asesoran al gobierno.

Aun así, la mera insinuación de que la ciencia pudiera ser superior a otras formas de conocimiento provoca reacciones que van del levantamiento de cejas a la indignación más violenta. ¿Quién pretendería, en el mundo actual de tolerancia, diversidad, multiculturalidad y relativismo, que alguna actividad humana sea superior a cualquier otra? Tal afirmación se considera políticamente incorrecta, insultante, discriminadora y sobre todo, falsa.

Y no les falta razón a quienes hacen tales críticas. A pesar de su indudable valor y su gran éxito, la ciencia no es la verdad absoluta. La idea de que el conocimiento científico es el único válido en cualquier tema, y que sólo el método científico es adecuado para estudiar cualquier problema, descalificando cualquier otra postura como "simples creencias", es conocida como cientificismo. Y es, acertadamente, criticada como un exceso de confianza en la ciencia, y una muestra de ignorancia ante los aportes de otras formas de conocimiento.

La filosofía, las humanidades, las artes y hasta la religión, cada una en sus propios ámbitos, pueden ser formas de enfocar problemas y de hallar soluciones útiles y pertinentes mucho más adecuadas que la ciencia. Pretender, a partir del método científico, resolver un enredo amoroso, crear una obra de arte o proporcionar consuelo a un alma afligida por la muerte de un ser querido resultaría más bien absurdo. Y lo mismo puede decirse, muchas veces, respecto a asuntos históricos, políticos o económicos: todas son áreas en las que la ciencia no tiene la última palabra… muchas veces ni siquiera tiene gran cosa que decir.

Aun así, cuando se trata no del mundo humano, mucho más complejo, sino del mundo natural, la ciencia ha demostrado ser la mejor fuente de conocimiento con que contamos. No porque proporcione verdades absolutas ni eternas —el conocimiento científico se caracteriza por ser cambiante y provisional—, sino porque nos da conocimiento confiable. Confiable porque ha sido sometido a prueba, y porque resulta de descartar las ideas que no han resistido este escrutinio.

Cuando se refiere a la naturaleza, la ciencia es quizá no la "mejor" fuente de conocimiento, pero sí la más honesta.

 

Martín Bonfil Olivera

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