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22 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 177 El tiempo…

Todos sabemos instintivamente qué es el tiempo, pero resulta difícil definirlo. Es ya trillado el comentario de San Agustín de Hipona: "Si nadie me pregunta lo sé; pero si trato de explicarlo no lo sé".

Al pensar el tiempo con más profundidad, y a la luz del conocimiento científico y filosófico (sí, también la filosofía produce conocimiento), resulta ser bastante más complicado de lo que parece a primera vista.

Nuestra visión intuitiva es que el tiempo es sólo algo que sucede: el flujo de los eventos, de la vida. Tradicionalmente se le ha comparado con un río que corre incesantemente, y por igual para todos. Esto nos permite medir el cambio (a qué velocidad ocurren los sucesos, en relación con una medida del tiempo) y hablar de simultaneidad: algunas cosas ocurren al mismo tiempo.

Desde esa visión, sus propiedades eran simples: existía el pasado, que era inmutable. Existe el presente, en el que vivimos, y con el que vamos avanzando a través de la "línea" del tiempo. Y ese avance nos saca del pasado para llevarnos al futuro, que existirá conforme vayamos adentrándonos en él. Y el futuro, a diferencia del pasado inalterable, puede ser moldeado —o al menos así lo creemos— por nuestras decisiones presentes. Esa cualidad "borrosa", indefinida, del futuro es la que hace posible nuestro libre albedrío. Toda la física newtoniana se basaba en esta idea del tiempo universalmente válido, que fluye igual para todos, en cualquier lugar (independientemente de que en ciertas circunstancias "parezca" fluir más rápida o más lentamente, como han cantado desde siempre los poetas…).

Pero entonces llegó Einstein. Y con él, el desorden. Porque su teoría de la relatividad, basada en hechos, nos mostró que el tiempo (al igual que el espacio) es, precisamente, relativo. Depende del marco de referencia del observador: de su estado de reposo o movimiento. No existe marco de referencia privilegiado, y hablar de un tiempo universal o incluso de simultaneidad en términos absolutos, se volvió imposible.

Para la relatividad el tiempo es una dimensión, igual que las tres que conforman el espacio (aunque sólo nos podemos mover en él en una dirección). Y esto implica, necesariamente, que el futuro tendría que ser tan fijo e inmodificable como el pasado, mientras que el presente es sólo el punto a través del que estamos pasando en nuestro avance por la dimensión temporal.

Pero si el tiempo no es algo que se crea sobre la marcha, sino que existe como algo fijo, la consecuencia inescapable es que el concepto de libre albedrío, de que tenemos la posibilidad de influir en nuestro destino, se desvanece.

Claro que existe también la posibilidad de que existan múltiples futuros, entre los que podemos elegir con cada acción… pero esa es ya otra historia.

 

Martín Bonfil Olivera

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