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26 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 180 El caso del celular fantasma

A todos nos pasa. En el ajetreo cotidiano, se siente vibrar el teléfono celular en el bolsillo, o en el bolso si se es mujer.

A trompicones, se saca el aparato y se comprueba, con sorpresa, que no hay ninguna llamada perdida.

¿Qué ocurrió? Simple: nuestro tacto nos engañó. Creímos sentir la vibración del teléfono, pero no hubo tal. ¿Por qué es tan común esta ilusión táctil? ¿Pasa esto con otros sentidos?

En realidad sí. Son bien conocidas las ilustraciones de ilusiones ópticas, donde percibimos como distintas líneas que tienen la misma longitud, vemos puntos que no existen o creemos que unas rectas paralelas son curvas.

La explicación de estos fallos perceptuales se halla en la estructura y funcionamiento de nuestro sistema visual. Por la manera en que funcionan el ojo, las células receptoras de luz de la retina y los complejos circuitos cerebrales que procesan su información para generar la sensación de "ver", hay ciertos patrones que generan, reproduciblemente, una percepción equivocada.

Pero también hay otras circunstancias, menos regulares, en que se puede "ver" algo que no existe. Un ejemplo son las auras que llegan a percibir los pacientes con migraña o epilepsia; otro son las alucinaciones producidas por algunas drogas o ciertas alteraciones neurológicas. Sí: a veces vemos cosas que no existen.

Lo mismo ocurre con el oído. Existen "alucinaciones auditivas", y no es tan raro que una persona llegue a oír un sonido imaginario: una voz que la llama, una alarma, un timbre de teléfono.

Estos fenómenos, como el de la vibración imaginaria del celular, tienen que ver con el umbral de percepción. Cuando se trata de una luz intensa o un objeto bien iluminado, es claro si estamos viéndolos o no. Pero, ¿qué pasa con una sombra borrosa en una habitación oscura o una estrella muy tenue que apenas vislumbramos en el cielo?
El ojo —y el cerebro— no pueden estar seguros de que realmente vieron algo. Y el oído, a veces, en medio del ruido predominante, se esfuerza por extraer un mensaje que tenga sentido y acaba engañándose… y engañándonos.

Nuestra piel tiene que estar siempre alerta a los múltiples movimientos, pequeños golpes y vibraciones que ocurren conforme uno avanza durante el día. Extraer de esta sinfonía de ruido táctil la tenue melodía concreta de la vibración del teléfono puede ser muy trabajoso. Nuestro tacto se agudiza, llevando al máximo su sensibilidad, para detectarla. El precio es que al bajar tanto su umbral de percepción, llega a interpretar como señales reales lo que en realidad es sólo ruido.

La percepción es construcción. Y como tal, puede ser engañosa.

 

Martín Bonfil Olivera

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