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21 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 183 Las tres ciencias

La ciencia tiene fama de ser complicada. Y lo es. Las teorías científicas, que describen, explican y hasta predicen los fenómenos naturales, constan de complejos modelos matemáticos o conceptuales, muy abstractos y formados por muchas piezas. Por ello, pretender reducir la teoría de la relatividad o el funcionamiento de una célula viva a una explicación breve y sencilla es, siendo honestos, muy poco realista.

Ésta es la razón del reclamo más común de los investigadores científicos a quienes se dedican a divulgar la ciencia (como hacemos en ¿Cómo ves?): que frecuentemente la sobresimplifican, omiten partes importantes o incluso la tergiversan al grado de que —desde su punto de vista de expertos— introducen verdaderos errores.

Los divulgadores se defienden argumentando que comunicar a un público no experto las complejidades de la ciencia sin recurrir a simplificaciones, metáforas y símiles es una tarea estrictamente imposible.

La verdad es que ambos grupos tienen razón. Simplificar el conocimiento científico ciertamente lo desvirtúa; no simplificarlo lo hace inaccesible para el no iniciado.

El problema es que la ciencia que produce el investigador y la que divulga el comunicador no son la misma ciencia. Son dos cosas distintas.

Esto suena menos raro si se considera la ciencia que se enseña en la escuela. De las ciencias naturales de primaria hasta los cursos de licenciatura y posgrado, la ciencia impartida en el salón de clases y plasmada en libros de texto es claramente distinta de la que se discute en los pasillos de un instituto de investigación.

Esta "ciencia escolar" abarca una gama que va desde las versiones que se imparten en primaria, que para el experto pueden estar excesivamente simplificadas y hasta "mutiladas", pero que pedagógicamente son las más adecuadas para iniciar a los estudiantes en la comprensión de temas abstractos, hasta los cursos superiores de formación de expertos, en que se entrena a los estudiantes en el lenguaje y el manejo especializado de los conceptos científicos.

Para los pedagogos, el hecho de que la ciencia escolar difiera sustancialmente de la ciencia académica —aunque, eso sí, sin traicionar su esencia— no tiene nada de raro. Es el precio inevitable de traducirla desde el lenguaje ultraespecializado de los expertos a uno que sea comprensible para los diversos tipos de estudiantes.

Y es por eso mismo que la "ciencia pública", la ciencia divulgada, difiere también, a veces dolorosamente, de la versión detallada, precisa y compleja de los investigadores. Algo se pierde, irremediablemente, en la traducción. Pero sin dicha traducción, no habría comunicación posible con el público no científico.

Ciencia académica, ciencia escolar, ciencia divulgada: tres versiones de una misma visión de la naturaleza, adaptadas para que distintos espectadores puedan disfrutar de ella.

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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