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26 de junio de 2017
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Ojo de mosca

No. 19 Democracia y ciencia

Ala ciencia se la acusa de muchas cosas. De ser buena o mala (no es ni una cosa ni la otra); de ser deshumanizante (no tiene por qué serlo, depende de nosotros); de causar el deterioro de nuestro ambiente, o producir armas temibles (una forma cómoda de librarnos de la responsabilidad por el uso que le damos al conocimiento).

Y hay quien acusa a la ciencia de no ser democrática. Pero, curiosamente, sí lo es. De hecho, hay un sentido en que puede decirse no sólo que la ciencia es democrática, sino que la ciencia es democracia.

A primera vista, la idea de una ciencia democrática puede sonar tan extraña como la de un salón de clases democrático. Así como las calificaciones de los alumnos no pueden decidirse por votación, lo que constituye conocimiento científico sólido y confiable no es decidido por una votación en la que la sociedad escoja lo que más le guste. Lo que podría pasar si así fuera lo ilustra Marcelino Cereijido, investigador del Instituto Politécnico Nacional, cuando comenta que si se hiciera una votación para decidir qué se acepta, si la teoría darwiniana de la evolución o el relato bíblico de la creación, quizá la predominancia de católicos en nuestro país haría que triunfara la segunda opción, lo que según Cereijido nos haría caer en un “oscurantismo democrático” (aunque, desde luego, esta opinión es polémica y habría que argumentarla).

Sin embargo, la democracia se halla incrustada en las raíces mismas de la actividad científica. No una democracia abierta, sino una especie de “democracia elitista”. En efecto: quienes deciden qué constituye el conocimiento científico aceptado no son los científicos individuales, sino la comunidad científica, que discute y critica, basándose en la evidencia y la argumentación presentada, los resultados obtenidos por investigadores individuales. Si resulta convincente —si obtiene “suficientes votos” entre los colegas— estos resultados son publicados en revistas oficiales, con lo que se considera aceptado como conocimiento científico “oficial”.

El proceso mismo por el que se analiza y discute el conocimiento producido por los investigadores es idéntico al que debería darse en el seno de toda sociedad democrática para tomar decisiones. Carl Sagan, en su libro El mundo y sus demonios, destaca las similitudes entre ciencia y democracia, e insiste en que una de las principales razones para poner la ciencia —no sólo sus resultados, sino su forma de proceder— al alcance de todos es que el razonamiento científico requiere precisamente de las mismas herramientas que el pensamiento democrático. “La ciencia”, dice Sagan, “está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Simplemente, es el mejor que tenemos. En este sentido, como en muchos otros, es como la democracia… Para mí, cada vez que ejercemos la autocrítica, cada vez que comprobamos nuestras ideas a la luz del mundo exterior, estamos haciendo ciencia”.

Comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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