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23 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 191 Rigor

Dos rasgos que distinguen a la ciencia son que es racional y es extremadamente confiable. Ambas características se relacionan con su forma de proceder, que se basa en el rigor.

Por una parte está el rigor lógico. Cuando decimos que la ciencia es racional nos referimos a que tiene buenas razones para afirmar lo que afirma. Cuando presenta una descripción de cierta parte de la naturaleza, cuando sostiene una explicación para algún fenómeno, justifica sus dichos mediante el pensamiento lógico. Un científico no puede dar explicaciones incoherentes: su cadena de razonamientos tiene que resistir el análisis, ser sólida y no presentar huecos ni inconsistencias.

Pero el razonamiento, por lógico y sólido que sea, no basta para sostener una explicación científica. Para ser confiable, la ciencia tiene que apoyar los argumentos que sostienen sus teorías sobre bases lo suficientemente firmes. Y para ello recurre, invariablemente, a la evidencia, a las pruebas. Toda afirmación científica necesita estar basada en evidencia. Éste es el segundo componente del rigor científico.

Hay pocas actividades humanas que exijan un nivel de rigor tan alto. Quizá esa es una de las razones por las que a veces el pensamiento científico nos llega a parecer extraño: rara vez en la vida diaria necesitamos ser tan rigurosos.

Normalmente es fácil adivinar quién dejó algún objeto olvidado en la mesa, o quién nos arrojó la pelotita de papel que nos pegó en la espalda. Pero si vamos a afirmar que una especie animal desciende de cierto antepasado fósil, que tal partícula elemental es responsable de la masa de los objetos, que un nuevo avión será seguro para volar o que un nuevo medicamento realmente será efectivo contra una enfermedad, más vale que tengamos buenas pruebas de lo que decimos.

Desde luego, incluso en ciencia hay niveles de rigor. Mientras que ciertas ramas de la física pueden, mediante modelos matemáticos, hacer predicciones teóricas que luego, haciendo un experimento, se confirman con una precisión de muchos decimales, otras disciplinas tienen que aceptar márgenes de error mucho mayores. A veces porque no se trata de teorías expresadas matemáticamente (como en gran parte de la biología), otras porque los experimentos no se pueden realizar (como en astronomía), y otras porque los sistemas estudiados son demasiado complejos como para poder medir una sola variable y la predicción se cumple en la mayoría de los casos, pero no siempre (como ocurre con el cuerpo humano).

La insistencia de los científicos en el rigor, en no aceptar una proposición si no está respaldada en evidencia confiable y razonamiento sólido, puede parecer casi obsesiva. Sin embargo es importante, porque es lo que respalda la calidad y la confiabilidad de la ciencia.

 

Martín Bonfil Olivera

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