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23 de marzo de 2017
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Ojo de mosca

No. 193 La tecnología como arte

Aunque sabemos que somos animales, no distintos ni superiores al resto de las especies vivas, los seres humanos no somos unos animales cualesquiera. Tenemos, como cualquier especie, particularidades que nos distinguen.

Quizá la que más valoramos es nuestra capacidad intelectual, y su producto más directo: la cultura. Y si es la cultura lo que nos hace humanos, es el arte, la expresión de nuestros sentimientos en forma de sonidos, palabras, imágenes, objetos o escenificaciones, la más humana de las manifestaciones de la cultura.

Comparados con los productos de la creatividad y sensibilidad artística, los armatostes creados por los ingenieros, que trabajan con sus manos para resolver problemas prácticos de la vida diaria, parecerían algo vulgar y pedestre. ¿Quién osaría comparar las sublimes creaciones inspiradas por las musas con los groseros artefactos producto de la técnica, sean éstos máquinas simples, mecanismos llenos de grasa y engranes, o enajenantes tecnologías digitales?

Y sin embargo, los creadores de tecnología no trabajan sólo con sus manos; aplican también su inteligencia y creatividad para imaginar soluciones no pensadas hasta ahora, posibilidades insospechadas. Luego se ponen a trabajar para explorarlas y volverlas realidad.

La tecnología tiene también su belleza. Pero para apreciarla, igual que ocurre con la ciencia, hay primero que entenderla. Un artilugio tan sencillo como un tornillo, que redirige el movimiento de rotación convirtiéndolo en avance en línea recta (sea el agua que sube o el tornillo mismo que se entierra en la madera), es ya una pequeña maravilla que hace posible algo que nadie había pensado antes.

Quien observe con atención y curiosidad, hallará mil y un ejemplos como éste. Una cerradura, la llave de un lavabo. El motor de combustión interna de cuatro tiempos que impulsa —todavía— a los automóviles que infestan las ciudades.

¿Y qué decir del diferencial de un auto, ese ingenio que permite que una rueda gire más rápido que su compañera al tomar una curva? (Sí: los automóviles no funcionan como los coches de juguete.) ¿Y la sutil sensibilidad al tacto de la pantalla de un teléfono “inteligente”? Por no hablar de la fantástica posibilidad de comunicarse, con sonido e imagen, instantáneamente, con alguien que está del otro lado del mundo, o de conectarse con una red de satélites en órbita para localizar con precisión las coordenadas del lugar en que estamos parados…

Entender el funcionamiento de estas máquinas, de estos maravillosos productos del intelecto y la creatividad humanas, puede causar asombro y placer indistinguibles de los que nos proporcionan la mas fina de las artesanías, o la más exquisita de las obras de arte. Sólo hay que apreciarlo.

comentarios: mbonfil@unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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