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17 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 201 La revolución digital

Para muchos lectores de ¿Cómo ves? hablar de lo “digital” puede parecer muy natural. Pero, ¿qué significa decir que algo es digital?

Originalmente el término se refería a los dedos (como en “huellas digitales”) y además, en general, a los sistemas de numeración, como el decimal, basado en los dedos, aunque también a los basados en los números 12 o 20.

En los años 50, el término “digital” se comenzó a usar masivamente en electrónica para referirse a sistemas en que los datos se expresan mediante números (y no con representaciones analógicas, por ejemplo el movimiento de una aguja o el nivel de líquido en un tubo, como en un termómetro).

Pero en los años 80 la palabra “digital” entró al vocabulario cotidiano, al aparecer los discos compactos (CD) y las computadoras personales. Una verdadera revolución: la representación digital, o numérica, permitió eliminar ruido e imperfecciones de las grabaciones musicales, que se pudieron disfrutar sin los constantes chasquidos de la electricidad estática producida por el roce de la aguja sobre los surcos de los discos de vinil, ni el estrépito de las rayaduras accidentales.

Vino después la fotografía digital, y luego la televisión y la radio. Al mismo tiempo, toda la información que se maneja en computadoras, incluyendo internet, es digital. Con la expansión de estos sistemas, hoy prácticamente la totalidad de datos en el mundo se almacena en forma numérica (curiosamente, usando sólo ceros y unos: los sistemas digitales usan una numeración binaria).

¿Qué ventajas ofrece lo digital? La pureza en la reproducción, libre de ruido, de los datos, y la exactitud en su transmisión, pues los números no se van degradando al ser copiados sucesivamente (como sí ocurre, por ejemplo, con fotocopias, fotografías o cintas magnéticas). Y lo mejor: los números se pueden manipular a voluntad con una computadora. De ahí las asombrosas posibilidades del Photoshop o de las grabaciones digitales de música.

Pero la precisión, pureza y versatilidad digitales tienen un precio: al convertir datos analógicos en numéricos, parte de la información necesariamente se pierde. Lo que era una imagen o sonido continuos, sin pausas, se convierte en un conjunto de “puntos” individuales: números que representan gran parte de la información original, suficiente para reproducirla con mayor o menor fidelidad (dependiendo de la resolución de la cámara digital o del muestreo numérico del sonido), pero no de manera total.

Quizá por eso hoy resurgen los sistemas analógicos: 30 años después de la revolución del CD, los melómanos disfrutan comprando discos de vinil y reproduciéndolos en amplificadores de bulbos.

La tecnología digital puede haber triunfado. Pero el mundo, finalmente, sigue siendo analógico.

 

Martín Bonfil Olivera

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