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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 206 La muerte y la memoria

Los seres humanos vivimos aterrorizados por nuestra propia mortalidad. Somos la única especie en el planeta que es consciente de que existe la muerte: de que nuestra vida no durará por siempre. Comenzamos a saberlo en algún momento de nuestra infancia o adolescencia, y hay quien dice que es a partir de ese momento que nos volvemos plenamente humanos.

La muerte, dice una frase gastada, es lo único cierto e inevitable en la vida. Pero a pesar de ello, constantemente buscamos maneras de evitarla.

Una forma de hacerlo es a través del desarrollo de la ciencia y la tecnología. El conocimiento acerca de la naturaleza permite entenderla y predecirla. Y la aplicación de ese conocimiento científico para producir tecnología puede ayudarnos a intervenir en nuestro entorno y mejorar nuestras probabilidades de sobrevivir en él. La historia de nuestra especie, desde el descubrimiento del fuego y la agricultura hasta las modernas vacunas y antibióticos, ha sido una lucha contra la muerte usando las herramientas de la ciencia.

Pero hay otras formas en que usamos la ciencia y la tecnología para combatir la muerte de una manera indirecta: buscando que, aun si desaparecemos, nuestras ideas, imágenes y sonidos perduren en la memoria de los demás.

El desarrollo de la escritura —y la tecnología que la hace posible, de grabados en piedra a libros y tabletas electrónicas— hace que podamos conocer los pensamientos de personas que han fallecido hace mucho, y que sus ideas nos sigan influyendo y enriqueciendo.

El invento de la fotografía, basada en procesos químicos, y la fonografía, basada en fenómenos físicos, permitió que la imagen y la voz del ser humano pervivieran más allá de su desaparición física. El cinematógrafo hizo lo mismo con la imagen en movimiento. Con ello logramos burlar, en cierto sentido, a la muerte; adquirir una forma sutil de inmortalidad, que va más allá de los recuerdos de quienes nos conocieron directamente.

Hoy hemos desarrollado escritura, fotografía, video y sonido digitales, que guardamos minuciosamente en archivos en los dispositivos electrónicos que tenemos en nuestras casas y oficinas, y que cargamos en nuestros bolsillos. Tenemos maneras de registrar todas nuestras acciones diarias, que son pasajeras, para que queden fijas en el tiempo y no se pierdan, y las almacenamos y compartimos como si de ello dependiera nuestra vida.

Nuestro afán de dejar constancia de todo lo que hacemos, cada vez más obsesivamente, no sólo es muestra de lo mucho que tememos desaparecer sin dejar huella. También hace que nos preguntemos si no acabaremos reemplazando nuestras vidas reales con la copia virtual que hacemos de ellas.

 

Martín Bonfil Olivera

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