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17 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 214 Clasificar

El ser humano —y también muchos animales— tiende, de manera natural, a clasificar. Clasifica a sus congéneres en machos y hembras; en jóvenes, adultos y ancianos; en grandes y pequeños, y de muchas otras maneras. Clasifica a los seres que lo rodean: en animales (domésticos, ganado, aves y depredadores) y plantas (de ornato, hortalizas y malezas).

Una de las formas más obvias de clasificar es a partir de las características físicas de los objetos. Las rocas son duras; el agua y la lana son blandas. Hay flores blancas, rojas y amarillas.

Las primeras clasificaciones biológicas aparecieron mucho antes de que existiera la biología. Los pueblos de cualquier parte del mundo parecen clasificar a plantas y animales en grupos distintos, y luego a distinguir clases de plantas y clases de animales, tomando en cuenta sus características: tamaño, forma, color, número de patas, presencia de alas, plumas, pelo, etcétera. Basta ir a un mercado en cualquier continente para hallar clasificaciones más o menos equivalentes.

Uno de los primeros intentos de clasificar científicamente a los animales, por ejemplo, fue propuesta por Aristóteles en el siglo IV antes de nuestra era. Además de la anatomía, tomaba en cuenta su fisiología. Los dividía en animales con sangre (que corresponden aproximadamente a los vertebrados) y sin sangre (equivalentes a nuestros invertebrados). Luego dividía a los animales con sangre en los que daban a luz crías vivas y a los que ponen huevos, algo muy cercano a lo que hoy conocemos como mamíferos, por un lado, y aves, reptiles y peces, por el otro. Los animales sin sangre, a su vez, los dividía en insectos, crustáceos (que tienen concha) y moluscos, que carecen de ella.

Durante siglos se siguió tratando de clasificar a los seres vivos por su forma, características físicas y fisiología. Pero hay otras formas de clasificar las cosas. Por ejemplo, por su historia.

Cuando Charles Darwin propuso, en 1859, que todos los seres vivos descendíamos de ancestros comunes por medio de la selección natural, quedó claro que la mejor clasificación, la más natural, sería la que tomara en cuenta su linaje, el parentesco evolutivo entre las distintas especies. Luego, cuando en 1953 se descubrió la estructura molecular del ADN, comenzó a ser posible analizar la información genética contenida en él para descubrir las relaciones evolutivas entre los seres vivos y clasificarlos de acuerdo con éstas.

Hoy, la clasificación biológica, que se sigue afinando y a veces nos da sorpresas, es más parecida a un árbol genealógico que a un catálogo de las características anatómicas y fisiológicas de los organismos. Porque, en el fondo, la biología es historia.

 

Martín Bonfil Olivera

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