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27 de marzo de 2017
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Ojo de mosca

No. 218 Racionalidad

Para hacer ciencia, contra lo que cabría suponer, se tienen que aceptar ciertos supuestos que no pueden comprobarse. Se trata de postulados que, como saben los filósofos, son indemostrables. Pero sin ellos la tarea misma de hacer ciencia pierde todo sentido.

El primero es la idea de que el mundo que vemos a nuestro alrededor realmente existe: que no es un sueño ni una alucinación, y que tampoco vivimos dentro de una simulación de computadora, como los personajes del filme The Matrix.

Una segunda suposición aceptada implícitamente en la labor científica es que el universo tiene regularidades (los físicos las llaman “leyes”) que podemos descubrir y que nos permiten describir, comprender y hasta predecir los fenómenos que ocurren en la naturaleza.

Un tercer artículo de fe de la ciencia es lo que el investigador francés Jacques Monod llamaba “el principio de objetividad”: la convicción de que no existen en la naturaleza planes ni propósitos predeterminados. Las cosas no ocurren “para” cumplir con algún fin cósmico, ni hay entidades sobrenaturales que decidan los sucesos del mundo.

Pero es quizá el cuarto principio básico de la ciencia el que suele provocar más duda y discusión. Se trata de la racionalidad: la idea de que para entender el mundo sin engañarnos —es decir, tratando de acercarnos lo más honestamente posible a la realidad que existe fuera de nuestras cabezas— tenemos necesariamente que hacerlo en términos racionales. Basándonos en evidencia confiable y sobre todo construyendo argumentos lógicos que sustenten de manera comprensible para cualquier persona las conclusiones a las que llegamos.

El pensamiento racional es una de las herramientas de supervivencia más poderosas que ha desarrollado, a lo largo de milenios, la humanidad. Pensar metódicamente y con rigor lógico no es algo que nuestra especie haga de manera natural. Pero es la única especie en el planeta que ha sido capaz de lograrlo. Y sin embargo, es imposible demostrar de manera racional nuestra confianza en la propia racionalidad: inevitablemente se cae en argumentos circulares.

¿Significa esto que hay que abandonar el pensamiento racional, como proponen los promotores del pensamiento místico, que hablan de los peligros de ser “demasiado” racional? Por supuesto que no. Es cierto que hay temas (las emociones humanas, el arte, las tradiciones) donde el enfoque racional no basta para resolver problemas. Pero indudablemente es parte necesaria de la solución. La irracionalidad y el capricho no son alternativas útiles.

La racionalidad no es sólo una de las bases de la ciencia: también lo es de la democracia y de la civilización. Y es también parte de lo que nos hace humanos.

 

Martín Bonfil Olivera

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