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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 219 Ética y genética

El ácido desoxirribonucleico, o ADN, se descubrió en 1869. Para 1943 se había confirmado que es la molécula que almacena la información genética de los seres vivos. Y en 1953 se descifró su estructura detallada: la doble hélice.

Desde entonces nuestro conocimiento sobre las bases moleculares de la herencia, y nuestra capacidad para manipularlas, ha aumentado constantemente. Para los años 60 ya se conocían los mecanismos genéticos detallados. En 1973 ya se podían introducir genes foráneos en organismos como bacterias y ratones: había nacido la llamada “ingeniería genética”. Y con ella, las preocupaciones acerca de los límites éticos de la experimentación genética; sus riesgos para la humanidad y el ambiente dejaron de ser ciencia ficción.

En 1975 se realizó en Asilomar, California, una conferencia mundial con el fin de establecer lineamientos de seguridad para la experimentación genética. Gracias a esto, la investigación sobre la modificación genética de organismos siguió avanzando y comenzó a aplicarse para resolver problemas alimentarios y médicos. En 1982 se produjo la primera planta modificada con genes de otra especie: una variedad de tabaco a la que se le introdujeron genes de resistencia a antibióticos. Desde entonces se han producido cientos de variedades de plantas y animales genéticamente manipulados para facilitar o abaratar su cultivo, mejorar su valor nutricional o para producir sustancias útiles.

Al mismo tiempo, se han empezado a explorar estrategias terapéuticas para combatir, utilizando la modificación de genes, distintas enfermedades humanas. Aunque los avances son todavía preliminares, constantemente se desarrollan nuevas herramientas, cada vez más precisas y poderosas (por ejemplo la flamante tecnología CRISPRCAS, que permite modificar y editar genes con más precisión de lo que jamás había sido posible, e incluso hacerlo en células vivas). En pocos años probablemente se puedan comenzar a tratar algunas alteraciones de la salud que tienen una base genética.

Todo esto plantea retos: los cultivos y animales transgénicos podrían causar alteraciones y daños ambientales. Y el desarrollo de terapias génicas, además del reto que supone su experimentación en humanos, nos da la posibilidad de alterar no sólo los genes de un individuo, sino de modificar los de la línea germinal: los contenidos en óvulos y espermatozoides, que se heredan de una generación a otra. Es decir, el patrimonio genético de toda nuestra especie.

Sin duda, las nuevas tecnologías de modificación genética, como todo avance científico, pueden ser tremendamente útiles. Pero es claro que tenemos que aprender a usarlas con precaución y responsabilidad. Para ello, será necesaria una amplia y profunda discusión, a nivel global, de sus problemas e implicaciones éticas.

Como siempre, la ciencia y sus aplicaciones no pueden desligarse de las humanidades.

 

Martín Bonfil Olivera

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