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17 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 223 Murphy el pesimista

Cuenta la leyenda que en 1949 el ingeniero Edward Murphy, que trabajaba para la fuerza aérea estadounidense, formuló una ley que hoy lleva su nombre y que describe un aspecto especialmente molesto del funcionamiento del Universo: “si algo puede salir mal, saldrá mal”.

Como todos sabemos, a través de nuestra experiencia diaria, el mundo parece estar organizado de forma que las cosas siempre tienden a salir mal. Y no sólo mal, sino de la peor forma (una de las numerosísimas derivaciones de la ley de Murphy dice que “si varias cosas pueden salir mal, lo harán en el peor orden posible”).

Hay quien ve en la ley de Murphy una expresión de un principio fundamental del funcionamiento del Universo: la segunda ley de la termodinámica. En un sistema aislado, aunque la energía se conserva, se va transformando en formas cada vez menos útiles, como el calor. Esto se expresa diciendo que una propiedad del sistema, llamada entropía, aumenta inevitablemente.

La segunda ley de la termodinámica explica por qué los sistemas tienden siempre a degradarse: las cosas se rompen, las habitaciones se desordenan, los seres vivos envejecen y mueren. El aumento de entropía es la razón detrás de la llamada “flecha del tiempo”: explica por qué el tiempo fluye sólo en una dirección y no en otra. Una taza de café caliente se enfría, nunca se calienta, espontáneamente. Si ocurriera esto último, sabríamos que algo anda mal, que el tiempo está fluyendo en reversa.

Pero en realidad, y a pesar de lo útil que resulta para sentirnos menos mal ante las múltiples dificultades de la vida diaria, la ley de Murphy no es una ley científica, y no se cumple siempre. Es falso que las cosas siempre salgan mal. Si fuera así, nunca podríamos lograr nada.

La ley de Murphy sólo expresa una limitación del cerebro humano: el sesgo de confirmación. Tendemos a recordar sólo las cosas que nos llaman la atención, porque coinciden con nuestras expectativas, o porque las contrarían. Así, recordamos todas las veces que las cosas salen mal, pero no las veces en que logramos hacerlas sin problema.

Aún así, la ley de Murphy puede tener un gran valor práctico, en la vida diaria y sobre todo en la ingeniería. Si uno planea y diseña aparatos, proyectos y cualquier tipo de cosa pensando que “si algo puede salir mal, saldrá mal”, seguramente habrá previsto muchos posibles contratiempos, y la probabilidad de que las cosas salgan bien será mayor.

Al final, a pesar de ser estrictamente falso, el pesimismo de Murphy, expresado en su “ley”, termina siendo útil para hacer que las cosas funcionen mejor.

 

Martín Bonfil Olivera

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