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21 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 224 El desprecio por el saber

Desde siempre ha existido la desconfianza en la ciencia y la tecnología. No sin razón. En muchos casos la aplicación del conocimiento científico, y sus productos tecnológicos, ha tenido consecuencias negativas, a veces desastrosas. Las armas atómicas, químicas y biológicas, la contaminación ambiental, el daño a la capa superior de ozono, la desaparición acelerada de especies y el cambio climático global son algunos alarmantes ejemplos. Sin embargo, la ciencia ha sido también una de las principales fuerzas que han impulsado el progreso y bienestar humanos.

En los últimos años, la desconfianza en la ciencia ha arreciado hasta convertirse en un movimiento que la ve como algo fundamentalmente dañino. Una especie de conspiración mundial que busca deteriorar el ambiente y perjudicar a los humanos, con el fin de enriquecer o dar poder a unos cuantos.

Esta clase de pensamiento conspiracionista se conoce como anticiencia. Desgraciadamente, se extiende por todo el mundo. Y conduce a adoptar posturas que contradicen el conocimiento científico actual.

A veces, el pensamiento anticientífico lleva sólo a creer tonterías, como negar que el ser humano haya llegado a la Luna o que se puede adivinar el futuro. Pero hay otras creencias, como que las vacunas dañan la salud, los remedios milagro curan enfermedades, el cambio climático es sólo un invento para afectar la economía de las naciones desarrolladas, o el negar la existencia de epidemias peligrosas, que pueden causar que las personas o las naciones tomen decisiones que pueden ser muy perjudiciales, tanto a nivel individual como global.

Esta desconfianza en la ciencia, el conocimiento que produce y las aplicaciones que hace posibles es expresión de algo más amplio: una tendencia generacional a rechazar toda forma de autoridad. Tal rechazo deriva, probablemente, de la falta de oportunidades que viven los jóvenes de todo el mundo, pues las sociedades actuales, en general, no han sido capaces de ofrecerles la educación, la seguridad, el trabajo y la estabilidad laboral que merecerían.

Por desgracia, este rechazo va a acompañado de un desprecio de la alta cultura, de los productos más refinados del quehacer intelectual humano… incluyendo la ciencia.

Vivimos, además, tiempos de posverdad, en que se valora más la mera opinión que el conocimiento basado en evidencia. Esta tendencia, en que la ideología y las creencias parecieran justificar el repudio del conocimiento fundamentado en datos y el rigor intelectual, genera un ambiente en el que la anticiencia y los negacionismos proliferan.

La situación es comprensible, pero grave. Si rechazamos la ciencia, no sólo rechazamos parte de los que nos hace humanos: también ponemos en peligro nuestro futuro.

 

Martín Bonfil Olivera

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