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18 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 225 Cambiar el mundo

Los humanos tenemos un natural temor al cambio. Sin embargo, vivimos en un universo donde el cambio es lo único seguro. Las cosas surgen, cambian y desaparecen, en ciclos que pueden durar segundos o millones de años. El propio cosmos tuvo un principio y tendrá, probablemente, un final.

A lo largo de su evolución, nuestra especie ha desarrollado una herramienta poderosísima, la ciencia, que nos da la capacidad de cambiar nuestro entorno. Gracias a ella hemos aumentado nuestra habilidad para sobrevivir. Pero al mismo tiempo nos ha dado el potencial de causar daño al ambiente y a otros seres vivos, e incluso de autodestruirnos.

Gran parte del temor y desconfianza que muchos tienen hacia la ciencia es consecuencia de esta capacidad para cambiar el mundo. ¿Queremos cambiarlo? ¿Sabremos cómo cambiarlo sin causarnos daño? ¿Tenemos derecho a cambiarlo?

Para muchos, la respuesta más simple es que sería mejor renunciar por completo a alterar nuestro planeta. Interferir lo menos posible; dejar que las cosas sigan como siempre han sido.

El argumento suena sensato, aunque también provoca la reflexión. Porque al renunciar a cambiar el mundo, también estaríamos renunciando a la posibilidad de mejorarlo, y en especial de mejorar nuestras propias condiciones de vida.

Pero además, la idea de un mundo prístino y puro, inmutable, en el que el ser humano, su ciencia y su tecnología llegan como invasores a alterar lo que siempre ha sido carece de fundamento. El mundo y las cosas que existen en él son cambiantes, inconstantes, efímeros. Las especies vivas evolucionan, igual que los ecosistemas, e incluso el clima y la geología del planeta cambian a lo largo de las eras.

Y el ser humano, desde siempre –no sólo desde que tenemos tecnología moderna– ha alterado su entorno. Hemos ya cambiado el mundo, y muchas veces.

Lo cambiamos cuando descubrimos el fuego y comenzamos a usarlo. Gracias a su uso, nuestra adaptación al medio aumentó. Lo cambiamos también cuando inventamos la agricultura, y con ella pasamos de ser nómadas a vivir en poblados sedentarios. Hoy las ciudades crecientes y los enormes terrenos dedicados a agricultura y ganadería alteran el ambiente, pero son indispensables para nuestra supervivencia.

Revolución industrial, industria química, transportes, telecomunicaciones, tratamientos médicos, ingeniería genética… todos los avances tienen, inevitablemente, efectos en el ambiente. Pero de cualquier manera, el mundo cambia. El cambio es inevitable.

La diferencia es que, gracias a la ciencia, por primera vez somos conscientes de estos cambios, y podemos entenderlos y hacer algo al respecto.

No se trata de evitar el cambio, algo imposible. Se trata de entenderlo, y cambiar el mundo de la manera más inteligente que podamos.

 

Martín Bonfil Olivera

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