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22 de noviembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 228 Desastres

La historia de la vida en la Tierra puede verse como la lucha de las especies vivas por sobrevivir en un ambiente muchas veces duro, incluso hostil.

Desde el surgimiento mismo de la vida, en condiciones de presión, temperatura y composición química que hoy nos parecerían totalmente inhóspitas, a la inmensa diversidad de especies que habita actualmente todos los posibles nichos ecológicos del planeta, los seres vivos son resultado de una constante carrera por superar los retos del ambiente. Una lucha por la supervivencia en la que los triunfadores sólo ganan el derecho a seguir compitiendo.

En esta competencia las distintas especies vivas han desarrollado, como parte del proceso de selección natural, sus propias y muy particulares estrategias de supervivencia, que les han permitido enfrentar exitosamente los obstáculos que sus respectivos ambientes ponen en su camino: conseguir alimento, reproducirse, evitar a los depredadores. Al menos durante un tiempo, porque las condiciones ambientales y ecológicas cambian, y una especie que durante un tiempo, largo o corto, sobrevivió sin problemas, puede extinguirse.

Pero de vez en cuando hay eventos naturales cuya escala y poderío son tales que ninguna adaptación biológica es útil para hacerles frente. Desde un huracán o un tsunami, pasando por terremotos y erupciones volcánicas, hasta colisiones de asteroides como la que terminó el reinado de los dinosaurios hace 66 millones de años, la supervivencia de las especies está sujeta a las fuerzas naturales, y básicamente inerme ante ellas.

Entre toda esa diversidad biológica, la especie humana ha desarrollado una muy peculiar estrategia para superar los retos naturales y sobrevivir: el desarrollo de su inteligencia, posible gracias al enorme aumento de volumen de su cerebro. Gracias a esta poderosa herramienta, los humanos hemos aprendido a adaptarnos, no a través de la biología sino de la cultura, a condiciones ambientales cambiantes y diversas.

El uso del fuego y la agricultura; la medicina empírica y la formación de sociedades cada vez más complejas; el desarrollo del lenguaje, la escritura, la escuela o la imprenta: todos son desarrollos que aumentaron nuestra capacidad, como especie, de adaptarnos y sobrevivir. Pero ha sido la ciencia, ese refinamiento extraordinario de la capacidad intelectual humana, y sus aplicaciones a través de la tecnología, las que nos han proporcionado nuestras mejores herramientas de supervivencia.

¿Nos han servido de algo contra huracanes, erupciones o terremotos? Sí y no. No hemos sido capaces, todavía, de evitarlos, y ni siquiera de predecirlos confiablemente. Pero gracias a ellas hemos aprendido qué medidas —mejores edificaciones, diseño de ciudades, cultura de prevención— pueden evitar que, cuando inevitablemente se presenten, los fenómenos naturales extremos se conviertan en catástrofes humanas.

 

Martín Bonfil Olivera

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