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18 de octubre de 2018
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Ojo de mosca

No. 237 ¿Hasta dónde llega la ciencia?

Una de las cualidades más valiosas de la ciencia es su tremendo poder para explorar, desentrañar y explicar el mundo que nos rodea. El conocimiento que produce es extremadamente sólido, y tan confiable que nos permite entender y controlar ese mundo.

Pero, aunque a veces se la presenta como una especie de método omnipotente para responder cualquier pregunta, en realidad hay límites que la ciencia no debe traspasar.

La ciencia tiene su propia frontera natural: el límite entre lo conocido y lo desconocido. Un lindero que se expande constantemente, conforme vamos descubriendo y estudiando nuevos aspectos de la naturaleza que antes no habíamos explorado. Paradójicamente, como ocurre con el perímetro de un círculo que se va expandiendo, conforme más aumenta el área de lo conocido, también la línea que delimita lo que conocemos de lo que no va creciendo, haciéndose más y más grande. Es por eso que, para referirse a los últimos avances científicos, se habla de “ciencia de frontera”. Y es por eso también que el trabajo de investigar la naturaleza nunca termina, ni terminará.

A veces los científicos, en su labor afanosa y casi sin darse cuenta, cruzan esta frontera y dejan de producir conocimiento basado en evidencia comprobable, capaz de hacer predicciones acertadas y de ser aplicado. En ocasiones esto ocurre porque un área de investigación se vuelve demasiado abstrusa, excesivamente teórica y divorciada de la realidad. Algunos opinan que ciertas áreas de la cosmología, como la teoría de supercuerdas por ejemplo, están en riesgo de traspasar este límite.

Pero normalmente, cuando esto ocurre, y si no se abandona el rigor intelectual y científico, las cosas terminan por corregirse. Ya sea porque tarde o temprano se descubre evidencia que permite volver a sentar las conjeturas teóricas sobre las bases firmes de la experiencia, o bien porque, luego de un tiempo, queda claro que se trataba de un callejón sin salida y se abandona esa área de investigación.

Por desgracia, en otras ocasiones, cuando se olvida el rigor del método científico, las especulaciones se salen de control y lo que importa no es ya describir de manera honesta y confiable la naturaleza, sino convencerse de que las ideas preconcebidas que uno tiene sobre ella son, pese a cualquier evidencia, correctas. En casos así, se ha dejado de hacer ciencia para caer en el terreno pantanoso de la seudociencia.

La ciencia llega hasta donde puede. Pero eso sí: lo hace de la manera más rigurosa, confiable y honesta que le es posible. Nada más, pero nada menos.

 

Martín Bonfil Olivera

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