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20 de septiembre de 2019
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Ojo de mosca

No. 242 Ética y genética

La ciencia, en virtud del conocimiento que produce y de las aplicaciones técnicas que hace posibles, es una de la herramientas más poderosas que posee el ser humano para modificar su entorno.

Y como toda herramienta, puede aplicarse de formas correctas y provechosas, o bien irresponsables y dañinas. Es por eso que la ética debe ser un acompañante indispensable del desarrollo científico y técnico.

Los ejemplos de la utilización incorrecta o dañina del conocimiento científico abundan en la historia: armas atómicas, extinción de especies, contaminación, daño a la capa de ozono, calentamiento global. En algunos casos, el daño podría haberse previsto. Pero en muchos otros, es prácticamente imposible anticipar, o imaginar siquiera, las consecuencias que un avance puede tener para el ambiente o la humanidad. Por eso es importante aplicar siempre el principio de precaución, y ser cautelosos con los nuevos avances, hasta tener suficiente información para saber que son probablemente seguros.

Pero a veces los riesgos son bastante evidentes. Es el caso de los recientes avances en las ciencias biológicas que permiten manipular el material genético de los seres vivos.

Primero fue la llamada “ingeniería genética”, que usa enzimas obtenidas de microorganismos para identificar, aislar y manipular genes, y para introducir genes de una especie en otra. Así se producen los famosos organismos transgénicos.

Pero la ingeniería genética, hoy muy bien regulada, es burda y poco exacta frente a la nueva técnica conocida como CRISPR-CAS9, desarrollada en 2012, y que permite la edición puntual de genomas con precisión y control total. El sistema es tan poderoso que plantea enormes retos bioéticos: ¿tenemos derecho a modificar permanentemente el patrimonio genético de otras especies? ¿Queremos arriesgarnos a modificar el nuestro, con las consecuencias sociales y de salud que esto podría tener?

La técnica se podría usar con fines tan polémicos como elegir el color de piel o de ojos de un bebé, o tan útiles como eliminar genes que predisponen a padecer ciertas enfermedades. Recientemente un investigador chino afirmó haber modificado el genoma de dos bebés para eliminar un gen que los hacía susceptibles al VIH, causante del sida. No está claro si realmente lo logró, pero si lo hizo pasó por encima de todas las reglas y acuerdos internacionales existentes sobre la modificación genética en humanos.

El caso sólo sirve para dejar más claro que nunca que urge profundizar los estudios y discusiones en el campo de la bioética para asegurarnos que, al usar estas nuevas herramientas, nuestra especie no viole los derechos humanos ni se dañe a sí misma, ni al resto de las especies vivas con las que comparte el planeta.

 

Martín Bonfil Olivera

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