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23 de julio de 2019
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Ojo de mosca

No. 244 Expertos

Se dice que la historia de la ciencia ha sido la de una larga lucha contra el principio de autoridad.

Y es correcto: una de las principales características de la ciencia es que el conocimiento que produce no está basado en la autoridad de quien lo presenta –sea prestigiado científico, artista famoso, papa o presidente–, sino en los datos y evidencia que lo sustentan. En los hechos.

Aun si los más grandes y galardonados científicos se pusieran de acuerdo para descalificar alguna teoría de la ciencia actualmente aceptada –evolución, relatividad, termodinámica– y pidieran que fuera borrada de los libros de texto, antes de creerles se les exigiría presentar la evidencia que justificara su petición. El principio de autoridad no tiene cabida en la ciencia.

Pero eso no quiere decir, como algunos podrían creer, que no existan expertos, especialistas con plena autoridad para hablar de sus respectivos campos de estudio.

La existencia de expertos, y su reconocimiento como tales por parte de la sociedad, y en particular de los gobernantes, tomadores de decisiones y demás ciudadanos cuya voluntad afecta a millones de personas, es indispensable en toda democracia moderna.

Un experto llega a serlo mediante el estudio, la experiencia y los resultados de su trabajo profesional, y recibe a cambio, además de títulos y certificados, el reconocimiento de sus colegas y la sociedad.

Sin embargo, es frecuente que grupos de interés busquen descalificar la calidad y confiabilidad de los expertos, normalmente debido a que éstos han expresado alguna opinión que va en contra de los intereses de dichos grupos.

Así, suele ocurrir que iglesias que promueven la seudociencia del creacionismo, grupos políticos y empresariales que se benefician de negar el cambio climático, o camarillas ideológicas que propagan absurdas teorías de conspiración —como los antivacunas o los negacionistas del sida—, pero también gobiernos de corte autoritario que buscan imponer proyectos por encima de las objeciones fundadas de los expertos pertinentes, recurran a descalificar el conocimiento experto de científicos, ingenieros o especialistas en salud, economía o cultura.

Sus argumentos van desde supuestos conflictos de interés, falta de credenciales, mala fe o formar parte de “el enemigo”, hasta la idea de que el pueblo “sabe” más que cualquier experto, sobre cualquier tema.

Ante este tipo de discusiones, convendría que todo ciudadano recordara siempre que, si bien las cosas no son verdaderas sólo porque quien las dice sea experto, también es cierto que los expertos lo son precisamente porque saben más y con mayor profundidad sobre algún tema que el resto de las personas.

 

Martín Bonfil Olivera

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