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17 de septiembre de 2019
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Ojo de mosca

No. 250 La ciencia como crítica

Una de las maravillas del lenguaje es que los vocablos pueden tener distintos significados. Esto permite construir desde juegos de palabras hasta poemas… pero también puede causar confusiones.

Es frecuente que nos quedemos con sólo uno de los posibles significados de una palabra, olvidando los demás, y empobreciendo así nuestro lenguaje. Un buen ejemplo es la palabra “crítica”.

Normalmente, pensamos que criticar es hablar mal de algo. Y en efecto, el diccionario define “criticar” como “hablar mal de alguien o de algo, o señalar un defecto o una tacha”. Pero esa es la segunda acepción de la palabra. La primera es “analizar pormenorizadamente algo y valorarlo según los criterios propios de la materia de que se trate”.

En otras palabras criticar, desde este punto de vista, es pensar, reflexionar, profundizar. No por nada la crítica, en este sentido de indagación, es la base del pensamiento científico.

Porque hacer ciencia no es sólo obtener datos, a través de la observación y la experimentación, para tratar de explicar y predecir, mediante hipótesis y teorías, los fenómenos de la naturaleza.

También es analizar críticamente, con la mayor severidad posible, tales experimentos y observaciones, y las conclusiones que de ellos se deriven, para asegurarnos de que sean justificadas: que cumplan con las reglas del rigor lógico y metodológico. Así se garantiza que el conocimiento científico sea lo más confiable posible.

¿Y cómo llevan a cabo los científicos este proceso de crítica rigurosa, de control de calidad intelectual? A través de la discusión; otra palabra problemática.

En el habla cotidiana, suponemos que “discutir” es casi sinónimo de pelear. Nuevamente, el diccionario ayuda: aunque “discutir” es “contender y alegar razones contra el parecer de alguien”, la palabra significa, antes que nada, “examinar atenta y particularmente una materia”. Así, discutir una idea es realizar el “análisis o comparación de los resultados de una investigación, a la luz de otros existentes o posibles”.

El control de calidad de la ciencia consiste, básicamente, en la discusión crítica, rigurosa y académica, de sus datos y resultados, con el fin único de no engañarnos. Por ello, el pensamiento científico es lo más opuesto a los dogmas o las ideologías basadas en certezas inalterables.

El astrónomo Carl Sagan insistía en que, además de su papel fundamental en la ciencia, el pensamiento crítico es también parte esencial de la democracia. Igual que en ciencia, en una sociedad democrática los ciudadanos deberían, idealmente, discutir entre ellos con total libertad para luego tomar decisiones basados, más que en creencias e ideologías, en la evidencia comprobable y en el análisis crítico de las conclusiones que obtienen de ella.

No es lo mismo un criticón —alguien “muy dado a la crítica y a la censura”— que una persona con pensamiento crítico. En una sociedad bien cultivada en el pensamiento científico, los ciudadanos pueden, indudablemente, aplicar la discusión crítica para tomar mejores decisiones.

 

Martín Bonfil

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