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03 de agosto de 2020
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Ojo de mosca

No. 255 Ciencia, bienestar y democracia

Ya varias veces se ha hablado en este espacio de la estrecha relación que existe entre el método y el pensamiento científicos y los que son necesarios en una democracia. Valores como el pensamiento crítico, la libertad de opinión, la discusión amplia y abierta, la transparencia y apertura… Y, sobre todo, la capacidad de tomar decisiones razonadas, y cambiarlas, en caso necesario, con base en la evidencia.

Todas son características indispensables para hacer ciencia, pero también para ser buenos ciudadanos democráticos, como dejara claro ya hace décadas el famoso astrónomo Carl Sagan en su libro El mundo y sus demonios (una lectura hoy más indispensable que nunca).

Pero no paran ahí las similitudes entre ciencia y democracia. Otra característica importante que comparten es que ambas, aun siendo imperfectas, y por tanto perfectibles, promueven el bienestar de la humanidad.

Por caminos distintos, ciertamente.

La democracia busca una forma de gobierno lo más equitativa y justa posible. Un régimen donde rija el mandato de las mayorías, aunque matizado por leyes, reglamentos, parlamentos y otros mecanismos que impidan extremos, desviaciones y abusos. Y aunque estos llegan a ocurrir, la historia demuestra que, a la larga, los gobiernos democráticos, con todo y sus imperfecciones y su fragilidad, han sido mucho más beneficiosos para la mayoría de los ciudadanos que cualquier otra forma de gobierno.

La ciencia, por su parte, quizá no busca directamente el bienestar humano, pues su meta es el conocimiento acerca de la naturaleza. Pero dicho conocimiento puede aplicarse. Cierto: en ocasiones estas aplicaciones han resultado ser dañinas, a veces de forma intencional (armas atómicas o químicas, por ejemplo) o accidental (calentamiento global, extinción de especies). Pero sus contribuciones benéficas superan inmensamente los daños: hoy las vacunas, los antibióticos, las telecomunicaciones y una infinidad de aplicaciones del conocimiento científico han transformado, para bien, la existencia de millones de personas en el planeta.

Haciendo un balance, la ciencia ha sido una fuerza indiscutiblemente benéfica para la humanidad.

Pero aún hay otra relación importante entre ciencia y democracia: son las sociedades que han valorado la ciencia, y han sabido aprovechar sus frutos tecnológicos, industriales y económicos, las que han logrado generar un mayor nivel de justicia, equidad y bienestar para sus ciudadanos. E indefectiblemente lo han logrado en un ambiente democrático, o bien en monarquías parlamentarias que tienden fuertemente a la democracia.

En conclusión: ciencia y democracia son requisitos casi indispensables para el bienestar de un pueblo. Y por el contrario, su carencia casi siempre redundará en una sociedad con injusticia y necesidades, en la que el pleno bienestar sea siempre un sueño lejano.

 

Martín Bonfil

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