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18 de octubre de 2017
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Ojo de mosca

No. 26 Ciencia y no ciencia

Aunque palabras como “imperialismo” ya no estén de moda, no cabe duda de que la cultura estadounidense ha hecho múltiples imposiciones al resto de los países de América. Una de las más criticadas es esa manía de apoderarse del gentilicio “americanos” para referirse a sí mismos, dejándonos a los demás con el problema de cómo nombrarnos para que no nos confundan con ellos.

Curiosamente, los científicos han sido acusados, en cierto modo, de lo mismo, pues se han apoderado de la palabra “ciencia”. Su significado original es “conocimiento”, pero a lo largo de los últimos siglos ha llegado a ser identificada exclusivamente con una cierta actividad muy bien definida, que muchos relacionan con batas blancas, laboratorios llenos de matraces o computadoras, y publicaciones especializadas en un lenguaje incomprensible (y muy matematizado). Es decir, lo que hacen los químicos, biólogos, físicos y entes similares.

Y sin embargo, hay muchas actividades que podrían disputar la denominación de "ciencias". En primer lugar las llamadas ciencias sociales (historia, sociología, antropología y similares), aunque también a veces las humanidades e incluso disciplinas tan disímbolas como el derecho, la teología o la producción de derivados cárnicos buscan desesperadamente llamarse "ciencias". Hay ciencias de la comunicación, ciencias administrativas y ciencias ocultas. ¿Cuál es la diferencia entre éstas y las ciencias que estudian la naturaleza?

Quizás hay más similitudes que diferencias: una definición amplia de ciencia, tratando de ser inclusiva, destacaría un método racional, basado en la formulación de hipótesis para explicar algún aspecto del mundo a nuestro alrededor, que a continuación serían sometidas a prueba mediante la acumulación de evidencia. La coincidencia (o el desacuerdo) entre evidencia e hipótesis se establecerían mediante argumentación lógica. De este modo, sería tan científica la explicación del arcoiris como una descomposición de la luz por las gotas de lluvia como la de la caída del imperio romano debido a una intoxicación por plomo (pero no es claro cómo podría ser científica una hipótesis sobre la producción de carne o la redacción de leyes...).

Muchas otras disciplinas, sin embargo, insisten en ser ciencias cuando en realidad son sólo conjuntos de ideas confusas o supercherías, sin coherencia interna ni evidencia confiable que las apoye: la creencia en ovnis y la astrología son sólo dos ejemplos. Distinguir a la ciencia seria de estas impostoras no es fácil para el gran público, y varios pensadores han abordado el problema sin llegar a resolverlo en forma definitiva. ¿Y qué hay del método científico y la experimentación, tan característicos de lo que llamamos ciencias naturales? Eso será tema de una próxima colaboración.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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