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03 de agosto de 2020
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Ojo de mosca

No. 261 La tardanza de las vacunas

Desde el comienzo de la pandemia de COVID-19 se nos dijo que la vacuna que esperamos con ansia podría tardar de 12 a 18 meses. ¿Por qué tardan tanto los científicos en producirla? ¿No podrían hacerlo más rápidamente?

La razón es triple, y tiene que ver con las etapas de la obtención de una vacuna: descubrimiento, pruebas clínicas y producción industrial.

Primero, se necesita investigar. Como se trata de un virus nuevo, no hay vacunas previas que nos protejan contra él. Así que hay que inventar una nueva.

Vacunar es inyectar un agente infeccioso, o alguno de sus componentes, a personas sanas para que su sistema inmunitario produzca anticuerpos protectores contra él. Hay varias formas de obtener vacunas eficaces. La más clásica es usar virus “atenuados”, que pueden aún infectar al ser humano pero no producen la enfermedad, o solo causan síntomas leves.

Otros métodos usan virus inactivados, o sus partes —alguna de sus proteínas, o incluso su ARN— para inducir la producción de anticuerpos. Estas estrategias, y otras, están siendo usadas simultáneamente por grupos de investigación en todo el mundo, que trabajan a marchas forzadas para obtener posibles vacunas (proceso que, normalmente, lleva de 10 a 20 años). Y aun así, no es seguro que hallemos una vacuna: para algunas enfermedades no ha sido posible.

Pero suponiendo que se tienen buenos candidatos, sigue la etapa de pruebas clínicas, con tres fases. En la fase 1 se prueba, en un grupo reducido de voluntarios, que la posible vacuna efectivamente induzca la formación de anticuerpos y, sobre todo, que no tenga efectos indeseados. La fase 2, con varias decenas de voluntarios, evalúa además de la seguridad, la efectividad de la respuesta inmunitaria producida e investiga la dosis, número y frecuencia de las aplicaciones necesarias.

Finalmente, la fase 3 estudia, ya con miles de voluntarios y mediante métodos estadísticos, la eficacia real de la vacuna para prevenir la enfermedad. Es la etapa decisiva, y en la que muchas vacunas resultan poco eficaces.

Todos estos procesos deben ser supervisados estrictamente por las autoridades de salud, y aunque se están acelerando todo lo posible —hay ya varios candidatos en pruebas clínicas— llevan un tiempo que difícilmente se puede acortar.

Paralelamente, los laboratorios que están desarrollando vacunas deben planear el proceso de producción a escala industrial que les permitirá, si la vacuna resulta eficaz y segura, fabricar los millones y millones de dosis necesarias para inmunizar a la población mundial. Aunque la vacuna esté lista, su producción llevará tiempo, igual que su transporte y distribución a centros de salud donde, si todo sale bien, finalmente podremos vacunarnos.

Ante esto, lo mejor que podemos hacer por el momento es seguirnos cuidando con las medidas de protección que todos conocemos: salir lo menos posible, evitar el contacto físico, usar cubrebocas en lugares públicos y lavarnos las manos o usar gel con alcohol frecuentemente. Los científicos siguen trabajando, pero hay que darles tiempo.

 

Martín Bonfil

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