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28 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 28 Natural y artificial

Una distinción fundamental en el lenguaje popular actual es la que hay entre lo natural y lo artificial. Entre las causas de esta marcada división probablemente se encuentre la explosión de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki, en 1945, que pusieron fin a la segunda Guerra Mundial y dieron comienzo a la era del “peligro nuclear”. La contaminación de la atmósfera, el agua y el suelo, así como el calentamiento global y el deterioro de la capa superior de ozono, ambos causados por los gases producidos en gran parte por el hombre, han reforzado la percepción pública de los peligros de la ciencia y la tecnología mal aplicadas. Como resultado, los productos científicos y tecnológicos, especialmente los productos químicos, han venido a ser identificados como peligrosos. “Todas las sustancias químicas”, se dice, “son venenosas, porque no son naturales”.

Este prejuicio, el de que todo aquello que sea artificial tiene por necesidad que ser tóxico, junto con la creencia equivocada de que todo lo químico es artificial, son componentes de la “quimiofobia”, una manifestación de la anticiencia o temor supersticioso a los productos de la ciencia.

La noción de que lo “químico” es artificial parte de la idea de que “químico” es sólo aquello que sale de los laboratorios y las industrias: fertilizantes, fármacos, combustibles, disolventes, plásticos... Y sin embargo, la base misma de la ciencia química es el estudio de la materia —de toda la materia—, la cual, como sabemos, está hecha de átomos y moléculas. Esto quiere decir que toda la materia es química, incluida la que forma las plantas, los animales y nuestros propios cuerpos, así como la tierra y el agua pura de los arroyos.

La idea de que todo lo artificial es tóxico, por otro lado, es fácilmente refutada tomando en cuenta que muchas sustancias absolutamente naturales son tóxicas (el arsénico, o los compuestos tóxicos de defensa que producen numerosas plantas y animales, incluyendo los venenos más potentes conocidos), y que muchos compuestos obtenidos en el laboratorio, y sometidos a todo tipo de pruebas de toxicidad, resultan mucho más seguros que remedios “naturales” de cuya composición sabemos muy poco, pues casi no se les ha estudiado, además de que es difícil obtenerlos en forma pura.

Bien pensada, la distinción entre artificial y natural resulta bastante artificial. Finalmente, el hombre mismo, junto con su cerebro, su cultura —incluyendo su ciencia— y sus desarrollos tecnológicos, es producto de la evolución por selección natural. Quizá el marcar una frontera entre hombre y naturaleza sea sólo una proyección de nuestros miedos, que dificulta la discusión. Afortunadamente, ambos problemas pueden resolverse mediante la búsqueda honesta del conocimiento... algo en lo que los científicos son especialistas.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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