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26 de febrero de 2017
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Ojo de mosca

No. 31 Dogma, religión y ciencia

Últimamente en nuestro país han surgido discusiones en torno al tema de la religión y su relación con diversas áreas de la vida social. Algunas de estas discusiones tienen que ver con cuestiones como los derechos, las ideas o los valores, pero tarde o temprano tocan el tema de las relaciones entre ciencia y religión.

La razón es sencilla: toda religión se basa en algún conjunto de conocimientos o creencias que se adoptan como artículo de fe: precisamente, la palabra fe quiere decir “creer sin necesidad de pruebas” (el diccionario de la Real Academia Española, con su peculiar estilo, la define más dramáticamente: “luz y conocimiento sobrenatural con que sin ver se cree lo que Dios dice y la Iglesia propone”). En cambio, la esencia de la ciencia es precisamente lo contrario: buscar pruebas antes de aceptar cualquier explicación o fenómeno.

La mesa está servida en esta polémica, en las que se llega incluso a afirmar disparates como el de que la ciencia ha probado la existencia (o inexistencia) de dios, o que es imposible la coexistencia pacífica entre ambos sistemas de pensamiento.

En todo caso, el problema se presenta a nivel personal: es difícil entender que dentro de una misma mente puedan tener cabida dos formas básicamente opuestas de entender el mundo: el pensamiento científico (o pensamiento racional) y la creencia en dogmas y verdades reveladas e incuestionables. No obstante, la historia de la ciencia abunda en ejemplos violentos de que la oposición ciencia-religión, entre ellos el famoso juicio a Galileo y la muerte de Giordano Bruno en la hoguera, ambos por oponerse a las enseñanzas de la iglesia católica.

Y sin embargo, como en toda disputa, no todo es blanco o negro: hay matices. En este caso, contradicciones en el seno de cada una de las ideologías contendientes.

La iglesia las presenta cuando, para aceptar la existencia de un milagro (un fenómeno que viola las leyes naturales, como manifestación del poder divino), llega a pedir pruebas, de preferencia “pruebas científicas”. Recurre así a la validez del método científico para probar hechos que se encuentran fuera del dominio de acción de la ciencia.

La contradicción en que cae la ciencia es más sutil, y más básica. Antes de poder aplicar su poderosos métodos de razonamiento y exploración de la realidad, el científico tiene que aceptar, sin pruebas, ciertas suposiciones indemostrables, como las de que la naturaleza es entendible, de que presenta regularidades y de que al explorarla no nos toparemos con fenómenos sobrenaturales. Si no se adoptan estos “dogmas”, no tiene sentido hacer investigación científica.

Ciencia y religión: dos formas de entender el mundo. Vale la pena conocerlas, para saber que no sirven para lo mismo.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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