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21 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 48 Guerras biomédicas

El objetivo de las ciencias biomédicas es promover la salud. Pero para lograrlo, muchas veces tienen que ocasionar la muerte. Lo anterior, aunque suena a la demagogia que usan los políticos para justificar la guerra, es estrictamente cierto. El caso más obvio es el de las infecciones.

Las más frecuentes son las causadas por bacterias. Desde siempre fueron enfermedades mortales: si uno contraía salmonelosis, neumonía, sífilis y otras que hoy resultan relativamente fáciles de curar, lo más seguro era que muriera. Si alguien sobrevivía se debía, en gran parte, a su resistencia individual, pues no había gran cosa que los médicos pudieran hacer.

Esto cambió drásticamente en el siglo pasado, con el descubrimiento de los antibióticos. Estas “balas mágicas” tienen una propiedad que parecía milagrosa: son venenos que sólo matan bacterias, sin afectar al paciente. ¿Cómo lo logran?

Existen dos tipos básicos de células: las eucariontes, que tienen núcleo (como las nuestras), y las procariontes, que no lo tienen (las bacterias). Las diferencias entre ellas son tan grandes que hacen posible la existencia de los antibióticos. La penicilina, por ejemplo (el antibiótico por excelencia), impide la construcción de la pared celular que las bacterias necesitan para no reventar por la gran presión que existe en su interior. Nuestras células no tienen pared celular, por lo que la penicilina no las afecta. Debido a esto, los antibióticos son probablemente las medicinas más exitosas de todos los tiempos.

Pero las bacterias no son las únicas células enemigas: hay también infecciones causadas por células eucariontes, por ejemplo las amibas. Los tratamientos contra ellas (como sabe quien las haya padecido) son muy agresivos pues, por su mayor similitud con nuestras células, los venenos que las matan nos dañan también a nosotros.

No hay enemigo más peligroso que un traidor. En el cáncer, células de nuestro propio cuerpo se salen de control y se vuelven contra nosotros. Los medicamentos contra el cáncer están sin duda entre los más agresivos que se conocen, pues se trata de envenenar a nuestras propias células. La única diferencia es que las cancerosas se reproducen más rápidamente que las demás (en eso consiste básicamente el que se hayan “salido de control”), y de eso toman ventaja los médicos: los tejidos que se reproducen a mayor velocidad se envenenan primero (también por eso se cae el pelo y se daña la mucosa intestinal). La quimioterapia contra el cáncer es una carrera por envenenar al tumor antes de que se envenene el paciente.

Igual que en la guerra humana, matar selectivamente es la solución ideal en las guerras médicas. Y matar inocentes el mayor crimen, cosa que, por desgracia, algunas veces olvidan los políticos.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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