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23 de marzo de 2017
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Ojo de mosca

No. 49 Ciencia parsimoniosa

Un dicho popular en inglés dice: “si oyes ruido de pezuñas, piensa en caballos, no en cebras”. Se trata del principio de parsimonia, conocido también como “la navaja de Occam”.

Aunque él no lo inventó —se menciona ya en algunos escritos de Aristóteles—, su uso fue difundido por el filósofo inglés y monje franciscano Guillermo de Occam (William of Ockham), que vivió a finales del siglo XIII y principios del XIV. En realidad, lo que este famoso personaje escribió fue Pluralitas non est ponenda sine necesitate, “no se debe pluralizar sin necesidad”. Dicho de otra manera, no deben multiplicarse sin necesidad las entidades que se requieren para explicar algo (hipótesis); cuanto más sencilla sea una explicación, mejor.

En realidad la navaja de Occam, que rasura las explicaciones superfluas, es un principio que no tiene mayor justificación: se acepta más que nada por razones estéticas. Como la decoración oriental, presupone que la simplicidad es siempre mejor que lo barroco (pero también podría asumirse la posición contraria, como lo muestran los maravillosos excesos de la arquitectura churrigueresca o la música del maestro Bach).

Y sin embargo, en ciencia el principio de parsimonia resulta muchas veces extremadamente útil, pues sirve para enfrentar uno de los problemas más serios que acechan a un científico: cómo elegir entre dos teorías cuando las pruebas no bastan para determinar cuál explica mejor la realidad.

Éste, quizá el problema central de la filosofía de la ciencia, no siempre resulta tan fácil de resolver como uno podría pensar. Muchas veces los experimentos por sí solos no bastan para elegir entre dos explicaciones posibles: es necesario tomar la decisión de aceptar o no ciertas suposiciones previas. Y es aquí donde la navaja de Occam puede, con su filo imperturbable, ayudar a los científicos a tomar una decisión.

Es el caso que se presenta, por ejemplo, cuando hay que elegir entre aceptar o rechazar los argumentos de quienes afirman que ciertas luces en el cielo son en realidad naves interplanetarias construidas por civilizaciones extraterrestres en vez de, por ejemplo, globos meteorológicos, satélites artificiales, alteraciones atmosféricas o cualquier otro fenómeno “normal”. Ante la falta de pruebas que permitan decidir entre una y otra explicación, la navaja aconseja suponer que no se trata de extraterrestres. Después de todo, nunca hemos tenido pruebas fehacientes de que nos visiten.

Aunque no siempre acierta (de aplicarlo siempre, los científicos rechazarían toda hipótesis novedosa) este principio de simplicidad ha mostrado ser muy útil en ciencia. Ante la actual avalancha de charlatanerías seudocientíficas, convendría escuchar con más atención la antigua voz de Guillermo de Occam, y no imaginar que escuchamos cebras... a menos que estemos en la sabana.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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