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23 de abril de 2017
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Ojo de mosca

No. 69 Más ciencia no siempre es mejor

Pero no siempre la ciencia es la mejor solución a los problemas. No sólo porque hay problemas que, evidentemente, salen de su campo de acción (los asuntos amorosos, familiares o políticos son buenos ejemplos de campos en que la ciencia nada tiene que hacer).

No. Hay otros casos en que, aunque la ciencia intenta ofrecer soluciones, éstas resultan no ser óptimas, y a veces hasta dañinas.

Una muestra: el uso del DDT (DicloroDifenilTricloroetano), uno de los insecticidas más efectivos. En 1939, cuando comenzó a ser usado, su aplicación fue bienvenida. Era efectivo y cómodo. Muchos cultivos se beneficiaron de su poder insecticida y se pronosticó que ayudaría a acabar con enfermedades como la malaria, transmitida por mosquitos. Hasta que se descubrió que también era tóxico para otros animales (incluyendo humanos). Y aún peor: que tiende a almacenarse en los tejidos grasos, por lo que se va acumulando en el cuerpo de los consumidores a lo largo de la cadena alimenticia. Y que puede transmitirse, a través de la leche (por su alto contenido de grasa) a los bebés lactantes.

En 1971 el DDT se prohibió casi totalmente en los Estados Unidos y en muchos otros países. La solución científica no sólo no fue perfecta: generó problemas insospechados.

Otros ejemplos abundan: la talidomida, calmante que, como se descubrió en 1961, y a pesar de abundantes pruebas con ratas, produce en los fetos de mujeres embarazadas malformaciones graves en las que manos y pies están fundidos directamente al tronco, sin brazos ni piernas. O la tecnología para viajar en aviones supersónicos, que daña la capa de ozono. O la siembra de vegetales transgénicos, que puede contaminar el legado genético de, por ejemplo, los maíces criollos, base de la alimentación del pueblo mexicano, así como de su cultura tradicional. O la posibilidad, cada día más cercana, de clonar seres humanos o modificarlos genéticamente, con todos los riesgos que esto implica.

En algunos casos, el problema ha sido la aplicación apresurada de nuevos avances científicos, que más tarde revelan efectos secundarios inesperados. En otros, se han ignorado factores no científicos (culturales, económicos, éticos...) que requerirían una discusión amplia por otros sectores de la sociedad, más allá de los expertos.

Y sin embargo... es precisamente gracias a la propia ciencia que podemos darnos cuenta de los problemas que, a veces, produce su aplicación. Y es gracias a ella que, muchas veces, podemos hallar remedio a ellos. Pese a todo, la ciencia sigue siendo nuestra gran herramienta indispensable. Como a toda herramienta, hay que saber manejarla

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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