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24 de octubre de 2014
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Ojo de mosca

No. 71 La sabia naturaleza

Es común oír hablar de “la sabiduría de la naturaleza”... Se habla, incluso, de la “madre” naturaleza, a quien se presenta como una especie de deidad o ser superior que supo resolver ciertos problemas de manera especialmente acertada cuando diseñó a los seres vivos, y que de algún modo vela por su bienestar.

La madre naturaleza, con su gran sabiduría (algún caricaturista ingenioso la presentaba como una joven ataviada con un tocado de estilo brasileño, cubierto de plátanos, piñas y uvas), es un personaje favorito de los optimistas que confían en que, ante alguna catástrofe ambiental o ecológica, las cosas tomarán (naturalmente) su curso. Cosa que, hoy sabemos, no necesariamente es cierta.

Entre los ejemplos más comúnmente mencionados de esta “sabiduría natural” encontramos las sorprendentes adaptaciones de los seres vivos frente a su entorno: nuestros extremadamente sensibles órganos de los sentidos (ojos, oídos, piel...), o los numerosos mecanismos que permiten a los organismos ocultarse de sus depredadores (mimetismo de color en los camaleones, mariposas que semejan hojas secas, moscas que fingen ser avispas venenosas...). Los ejemplos podrían multiplicarse ad nauseam.

William Paley, un clérigo inglés que vivió en el siglo XIX, expresó el asombro que nos causa la perfección de las adaptaciones biológicas postulando el “argumento del diseño”: si caminando por el campo nos encontramos una roca, no tenemos que postular una causa inteligente para su existencia. Pero si, en cambio, nos encontramos un reloj perfectamente bien construido y funcionando, no nos queda más remedio que suponer que hubo un relojero, inteligente y con un propósito en mente, que es el responsable de que exista el reloj.

Cuando decimos que “la naturaleza es sabia”, estamos implicando que hay algún tipo de inteligencia y un proyecto detrás de lo que existe en el mundo natural. Y sin embargo, hay otras posibilidades, como nos mostraron Charles Darwin y Alfred Russell Wallace en la segunda mitad del siglo XIX.

La alternativa que postularon es una de las ideas más sorprendentes de la ciencia: la selección natural. Gracias a este mecanismo (con todo lo que la palabra “mecanismo” implica: ceguera, falta de inteligencia y de proyecto), hoy sabemos que es posible que, a partir de una gran diversidad y variación heredable, surjan en la naturaleza sistemas de una gran complejidad y adaptación sin necesidad de que haya una inteligencia que los diseñe conscientemente.

En resumen, podemos decir que no es que la naturaleza sea muy sabia: lo que pasa es que el mecanismo ciego de la selección natural funciona muy, pero muy bien.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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