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14 de diciembre de 2017
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Ojo de mosca

No. 72 La Ciencia Inútil

Que la ciencia es útil nadie lo duda. Incluso sus mayores detractores, quienes la culpan, a ella y sólo a ella, de explosiones atómicas, calentamientos globales, extinción de especies, hoyos en la capa de ozono y demás catástrofes (de muchas de las cuales ni siquiera seríamos conscientes si no fuera gracias, precisamente, a la ciencia), reconocen sus beneficios.

La ciencia nos ha dado abundantes frutos sin los cuales la vida sería mucho menos vivible. Antibióticos, transistores, transportes, computadoras, materiales textiles, comunicaciones, alimentos... la lista es casi infinita. Y sin embargo, todas estas aplicaciones médicas, tecnológicas o comerciales son sólo productos secundarios de la investigación científica. Su verdadero producto, y según algunos el único, es el conocimiento acerca de la naturaleza.

Surge entonces el viejo debate acerca de la utilidad de la llamada “ciencia básica”, confrontada con la “aplicada”. ¿Qué tan válido es investigar aspectos de la naturaleza que no tienen una clara aplicación? ¿Vale la pena invertir en este tipo de investigación en un mundo donde la pobreza y la falta de condiciones adecuadas de vida y salud siguen afectando a un altísimo porcentaje de la población?

Se habla, por ejemplo, del estudio de por qué tal o cual porcentaje de individuos de cierta especie de pez presentan alguna mancha negra, mientras el resto no la tiene, como un ejemplo de investigación básica “inútil”. Otros ejemplos son las costosas instalaciones que utilizan los físicos para averiguar la estructura de las partículas elementales, o el gasto utilizado en explorar planetas cercanos. ¿No valdría más dedicar nuestros recursos a investigar cómo producir más y mejores alimentos, luchar contra las enfermedades, producir tecnologías que mejoren la vida?

La respuesta no es tan obvia como parece. Quien conoce cómo trabaja la ciencia sabe que sus caminos difícilmente son predecibles. Las grandes aplicaciones que cambian nuestra forma de vida, como el transistor o la medicina genómica, surgen casi siempre de investigaciones que inicialmente parecían no tener ninguna aplicación práctica (en este caso la mecánica cuántica y la estructura del ADN).

Pretender que sólo se haga “ciencia útil” y ahorrarse el gasto y el esfuerzo de hacer ciencia “básica” es como pedir que sólo se contraten científicos capaces de ganar el premio Nobel: se parte de un razonamiento falaz. Es necesario apoyar a un gran número de investigadores, explorando todo tipo de aspectos de la naturaleza, para que surjan, de vez en cuando, conocimientos que produzcan los asombrosas aplicaciones que, por error, creemos que son lo único que produce la ciencia.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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