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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 73 Control de calidad

No hay industria actual, ni negocio, que pueda aspirar a ser exitoso sin un buen sistema de control de calidad. A pesar de lo que pudiera parecer, éste no busca que todos los productos o servicios que se ofrecen tengan la mejor calidad, sino garantizar que todos tendrán la misma calidad. Es decir, que esta última, buena o mala, será confiable y reproducible.

La ciencia puede ser vista como una actividad que se dedica primordialmente a producir conocimiento acerca de la naturaleza. Y gran parte de su prestigio se basa precisamente en la confiabilidad del conocimiento que ofrece. ¿Cómo garantiza la ciencia la calidad de su producto?

En primer lugar, se busca que las hipótesis que los investigadores construyen para explicar lo que observan en la naturaleza o en sus experimentos coincidan con los datos de que disponen. Por ejemplo, las ecuaciones, modelos y simulaciones por computadora que intentan reproducir el comportamiento del sistema bajo estudio deben ofrecer predicciones que concuerden con lo que observa en realidad.

Pero no basta con esto para garantizar la confiabilidad de la ciencia. Una vez que se tienen datos y una explicación para ellos, debe persuadirse a los colegas de su valor. En otras palabras, la ciencia no sólo tiene que convencer a una persona, sino a una comunidad de expertos. Al igual que ocurre en una democracia (“la peor forma de gobierno conocida, excepto por todas las demás”), este requisito disminuye las probabilidades de aceptar una hipótesis poco confiable, de baja calidad, que no convenza.

Y una de las maneras de facilitar que una nueva hipótesis sea aceptada es que sea coherente con lo que ya se sabe. Una nueva teoría que vaya en contra de la segunda ley de la termodinámica, por ejemplo, tiene bajas probabilidades de ser aceptada por la comunidad. (Aunque de vez en cuando, y sólo cuando la evidencia a su favor es apabullante, llegan a aceptarse explicaciones que rompen con todo lo anterior: se trata de las llamadas “revoluciones científicas”). Pero quizá el criterio decisivo que garantiza la aceptación de una idea en ciencia es más bien de índole práctica: que la nueva idea funcione cuando se la aplica. Como en todo, una acción vale más que mil palabras.

A la ciencia se la acusa muchas veces de “cerrada” o “excluyente”. En realidad, las razones para no aceptar una propuesta se deben precisamente a este estricto control de calidad. Se trata de un mecanismo falible, pero es lo mejor que tenemos para asegurar que su producto siga siendo confiable.

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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