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16 de agosto de 2017
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Ojo de mosca

No. 74 XXX: el poder de los cromosomas

El debate sobre la relación entre natura y cultura en la condición humana —es decir, sobre qué tan determinantes son las contribuciones de nuestra parte biológica, en comparación con las de tipo social, para dar forma a las características, habilidades y personalidad de un ser humano— ha persistido durante siglos.

Por alguna razón, resulta especialmente molesto pensar que nuestra forma de ser, capacidades e incluso nuestro libre albedrío pudieran estar determinados por la biología. La libertad, entendida como la posibilidad de decidir qué hacer con nuestra vida, parecería esfumarse si resultara que nuestras inclinaciones o decisiones están, de alguna manera, controlados por nuestra naturaleza biológica.

Y cuando hablamos de biología nos referimos normalmente a los genes, esas instrucciones maestras que determinan no sólo qué proteínas pueden construir nuestras células, sino cuándo y cómo fabricarlas. Como las proteínas son las moléculas responsables de ejecutar prácticamente todas las actividades de un organismo vivo, los genes controlan indirectamente, en esta visión reduccionista, gran parte de nuestra vida.

Es debido a nuestra constitución genética que los humanos no podemos respirar debajo del agua o echar a volar en el momento que se nos antoje, como sí pueden hacerlo otras especies. Así como somos esclavos de leyes físicas como la de la gravedad, nuestra libertad está también limitada por nuestra herencia biológica.

Uno de los ejemplos más claros, aunque burdos, de la importancia de esta componente genética se da cuando falla uno de los procesos más sutiles de la vida. Se trata del momento en que, durante la división de una célula, los cromosomas recién duplicados, que forman parejas, se deben separar para dirigirse a cada extremo de la célula en división, que luego se convertirá en dos nuevas células independientes, cada una con su propio conjunto de cromosomas.

Hay ocasiones en que alguno de estos pares de cromosomas no se separa. Si la célula da origen a un óvulo o un espermatozoide, y el cromosoma en cuestión es el llamado X (del que las mujeres tienen dos copias, mientras que los hombres cuentan con una sola, junto con un cromosoma Y), puede nacer un ser humano que tenga tres cromosomas X, en vez de dos: XXX.

Lejos de poseer, como podría suponerse, excepcionales dotes sexuales, estas “superhembras” pueden presentar retraso mental e infertilidad. Si el fallo en la lotería cromosómica produce una combinación XXY, el resultado es el llamado síndrome de Klinefelter: individuos que invariablemente sufren deficiencia mental, genitales poco desarrollados y características feminoides. Finalmente, los “supermachos” (XYY) tienden a ser más altos que el promedio, pero su inteligencia es menor, y muy frecuentemente presentan tendencias agresivas.

¿Se requerirán más pruebas de cómo nuestra biología y nuestros genes, contenidos en los cromosomas, determinan fundamentalmente lo que somos?

Comentarios: mbonfil@servidor.unam.mx

 

Martín Bonfil Olivera

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